
Siempre nos definimos como seres superiores, como criaturas de origen divino, obligados a religar nuestra breve, patética y circundante existencia; carecemos de ímpetu, somos variables, en algunos casos podemos ser metódicamente predecibles, cuestionables, cariñosos, sofocantes, intensos, persuasivos, desconfiados (…) Etc. Nos hacemos amigos del efecto placebo, acariciamos cada sospecha de indiferencia, pretendemos no pecar de ignorancia en las cosas que implícitamente, y como si fuera una regla, siempre pertenecen al conocimiento popular. Como dice mi madre “nadie sabe para quién trabaja”, pero nos destrozamos de estrés cada vez que no sabemos si girar hacia la derecha o hacia la izquierda, nos resulta dificultoso decidir entre chocolate o vainilla, entre esto o aquello, alcanzamos a ostentar la categoría de chistosos, cada vez que aplicamos el sentido común, o nuestra muy mal usada, lógica deductiva.
Conceptos inimaginables rondan por cada espacio de calle, en cada etiqueta, de cada producto, observamos logos, códigos e innumerables especificaciones de uso, sugerencias, invitaciones, etc. No logramos definir lo perturbador que resulta oprimirse con tanta información, desearíamos recibir ayuda de una inteligencia artificial, o alguna otra herramienta de ayuda potencial.
En fin, los pensadores que atentan contra nuestra cordura y frustran a nuestros ponderados cerebros, engendran a diario, más y más disciplinas, que recientemente se incumben en cosas tan sencillas como un simple lavado de manos. Por estos y muchos más motivos, los cuales me da pereza y desaliento expresar, es que los “animales racionales”, sí, la especie dominante, o más conocidos como seres humanos, recurrimos a las manías, las mañas o maricadas para alejarnos de tanto tecnicismo y remontarnos a las prácticas placenteras y “provechosas” (aunque eso dependerá de la pendejada a la cual se agarre cada sujeto).
Y bueno, como dicen por ahí, “hablá pues hombre, y dejá tanto rodeo”.
Se acordarán, y yo se que sí, de aquellas madres que poseen la sádica manía, de reprender súbita y sorpresivamente a sus hijos, con el lindo argumento de protegerlos. En una ocasión, tuve la oportunidad de tropezar y golpearme en unas escaleras, mi madre, como un ángel en auxilio de su apadrinado, como las olas cuando van en busca de su playa, así llegó ella, y sin son, ni ton, sin cruzar o vomitar palabra alguna, me agasajó con fuertes correazos, característicos de una madre preocupada.
También recordarán, o por lo menos vivirán, la manía de algunos hombres, de coquetear y amasar sus genitales, quizá, para así recordar que son varones o machos, ejemplares masculinos con una mañita algo retorcida.
Pero lo anterior, es compartido por algunos sujetos, que están en etapa de desarrollo, que se miran al espejo y buscan dónde nacerá su próximo pelito, su tan ambicionado vellido; les hablo de esa maña de tocarse y desestresarse (se ruborizan y agitan por completo) o casi excitarse al tantear y sentir los míseros cuatro pelos, que a duras penas se asoman sobre su lampiña barbilla.
No puedo dejar por fuera, a ese quisquilloso impulso, de extraer la mugre que se encuentra confinada en las uñitas de nuestros pies, para después y como si estuviésemos descubriendo al continente americano, nos acercamos a ese pequeño residuo, para olfatearlo, y concluir con un sutil pensamiento “junmmm, esto huele como a feo”, lo cual hace parte de una versión postmodernista del método científico.
Asimismo las mujeres, en acto colectivo hacen un estiramiento, realizan precalentamiento, se preparan psicológicamente, y como vacas asustadas, se posan en frente de un espejo, acercan sus tiernas manos, se levantan el pecho, y se acomodan ese par de bendiciones que llevan puestas, ese par de cualidades que las califican como hembras admiradas y respetadas (como por no decir que apetecidas).
¡Hombre!, y no puedo dejar por fuera, a esa caprichosa y un tanto cómica maña, de irrumpir en nuestras fosas nasales, con todos y cada uno de nuestros dedos, para reproducir a escala, la acción de un minero, la travesía de un explorador, acompañados de la suspicacia de un antropólogo bien curioso. Además, reconocer el objetivo y aplicar todas las normas para la toma de muestras, o más explícitamente, la sacada de mocos.
Es un gusto compartir con ustedes estas tonterías, y les ruego que me reciban con un pensamiento crítico e imparcial.
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