Nuestras particularidades íntimas son la imagen desnuda del elocuente prestigio del ser como individuo pálido e insatisfecho. ¿?...un capricho necesario, trágico…Pero cómodo.




sábado, 28 de mayo de 2011

Con afán y sin errores


Lo que pasó, pasó… quién dijo semejante atrocidad, quién fue tan insolente de retar a la justicia con esa irreverencia lingüística. No, de ninguna manera podemos reducir los hechos pasados a simplemente eso. En el aprendizaje, todo lo que se vive, es una constelación de anécdotas histéricas que nosotros amoldamos a nuestra entera necesidad.


Me doy cuenta que, la magna tranquilidad que respiro al ponerme debajo de un chorro de agua, se puede comparar sólo con la tímida situación que vivimos cuando nuestra madre nos abraza. La concordia es tan espeluznantemente agraciada, que mi risa y mi sonrisa, se hunden en carcajada y curiosidad para enaltecer la bondad de mis ojos, al ser honestos en mostrarme aquello que se presenta ante ellos. Lo travieso de mi nombre se cuela a través de las pocas historias que cuelgan de las cortinas de esta habitación, sí, la toalla se apodera de mis gotas de agua, y como si esto fuera un estelar, mis manos protagonizan un acto de movimientos eróticos y coquetos, un juego que no respeta intimidad y, baja hasta lo más recóndito de estas pieles, tanto, que reduce cualquier humedad y descargan su seriedad sobre un espejo añadido y empañado.


El baño es un espacio donde representamos ideas absurdas y algunas más que absurdas –jajaja- en la claridad de un lavamanos encontramos la profundidad de un aliado, descubrimos la seriedad de una pintura y, acariciamos la rudeza de un despecho, que si bien, engordece con el tiempo, se va consumiendo en salud y dignidad. La tiranía de un cuerpo como el mío, está restringido a los mandatos de su mente, de una entidad tan maltratada por el comercio que, simula intención, cuando en realidad, esta cualidad la ha perdido con el paso de los años y, con la absorción de afirmaciones tan ingratas como su sacrílego emisor.


El tiempo ha trascurrido y nos trae a esto, a un lugar con reducida extensión, y nos aparta hacia una mentalidad tan elocuentemente perversa, que sólo es capaz de construir ideas colectivas y vivir bajo el ordenamiento de unos pocos que se dan el lujo de elegir por nosotros, pues inconscientemente, somos bastones en un juego de azar, somos como una herramienta usada en la actividad equivocada, somos ese algo que sirve por ocasiones, somos… al fin al cabo somos algo.


La expresiva mirada que se queda perpleja ante el espejo, es una pista de reflexión, es un antojo filosófico que se desarrolla para invadir en la mente de este ridículo, siendo así, una ligera demostración de innatismo cognoscitivo, que entre otras cosas, es áspero y redundante.


Todo lo que se puede generar entre los diez minutos que dura mi ducha, todo lo que podemos maquinar mientras el jabón nos convierte en individuos pálidos y rechinantes, toda la meditación que se construye en torno a unos pies descubiertos y mojados… tanta genialidad en un baño es tan misteriosa y sencilla, tan rozagantemente atractiva e impredecible, uffffffffff es estupenda y recatada, es verdaderamente un elogio al ser y al existir, la genialidad que percibimos en un baño es tan irreductible y compleja, que sólo quienes posean serenidad, podrán respirarla y contemplarla.

martes, 24 de mayo de 2011

Hora pico, hora crítica



Cuando miramos a través de la ventana del autobús, ¿qué vemos?, ¿vemos a caso la sonrisa de otros plagando las paredes de una ciudad limpia y despejada de cualquier tragedia? No, de ninguna manera, eso ni en las novelas. Al transitar por las vías más populares de esta ciudad, veo a un par de niños, un par de almas que juegan sobre un andén sucio, sobre un estrecho caminar que si bien, está despejado de otros transeúntes, está contaminado con la indiferencia y el olvido de aquellos que sólo miramos para criticar o exteriorizar lástima momentánea.


Es casi media tarde, casi las 4:00pm, y entonces, como un montón de carne sin refrigeración, empezamos a sudar, transpiramos y mojamos el ajuar que nos cuelga de estos huesos, y así, entiendo que todos funcionamos de manera semejante, ninguno de nosotros puede escapar de las manifestaciones naturales de su cuerpo, nadie puede evadir lo inevitable, pero podemos hacer la diferencia en cómo amortiguar ese fenómeno… fenómeno que al encontrarnos, nos abraza y nos seduce con la más tórrida y drástica de las religiones.



En el bolsillo derecho del pantalón, suenan algunas monedas, mi pasaje, cinco monedas plateadas que simbolizan un transporte y un viaje, cinco láminas que reducen la distancia entre mi origen y mi destino. A través de la ventana, se pueden observar todas las construcciones de sujeto que pueda imaginarme, pues, en una galería, la intersubjetividad de las miradas, hace que un simple paisaje rutinario, se convierta en la más extravagante y apreciable de las obras. Un arte de desteñidas secuencias hace que mi mente viaje por entre cada pasaje de esta calle, mi ego salta sobre las iracundas necedades de mis vecinos, todos tan enfáticos en un caminar de rítmicas posturas, un desvanecer de sombras e insumos que para colmo del todos, es lo más bello de sus indiscutibles defectos.


Atrás quedaron ese par de niños, allá se quedaron la lástima y la indiferencia, pero ahora, en esta calle, el bus se satura con mercados y sujetos llenos de fluidos glandulares. Una mujer con un gran trasero se sienta junto a mí, en sus manos sostiene un mecato, y en su rostro, se hace evidente la dicha y la romántica gratitud que siente al saborear un chontaduro. Ahora, la atmósfera de este vehículo, está sostenida en olores un tanto desagradables: cebolla, papa, barro, sudor… pero, las diferencias que se enmarcan en cada puesto, se regulan con el placer de poseer eso, un puesto, un estado, una ubicación de poder, una relación de intereses en referencia a eso que los une, que nos une… Un viaje, unos cuantos minutos sentados sin afirmar o refutar, un periodo de ahogo y reflexión o, una riña entre afanes y serenidad.


Las voces que en el bus resuenan, se ven acompañadas por el saludo de un “pimo”, un amigo del conductor, un hombre que aparenta ser humilde y sencillo, más que sencillo… el chofer lo saluda y le pregunta -¿cómo vas vé?- a lo cual, el sujeto responde, -todo bien, todo bien, gracias a Dios-. “Todo bien”… “gracias a Dios”, algo curioso, para él todo está bien, aún cuando se ve con hambre, aún cuando sus prendas demuestran haber estado expuestas al sol y al agua, es irremediablemente apreciable, da orgullo escuchar algo así, aún con sus limitaciones, para él, todo está bien.


Mi mirada se congela y, recuerdo lo bien que estoy, recuerdo lo afortunado que soy por despertarme en compañía de quien lo hice, afortunado y bendecido, sí así me siento ahora, aprieto mis manos y solamente digo –Gracias a Dios…- Gracias.

viernes, 20 de mayo de 2011

Así y con acento


Al despertar, oh… ¡al despertar! Al amanecer entre las iracundas tempestades de una sábana sin manchas ni olores, mi alma se emociona al saber que tus sueños entraron a los míos, me dibujaron un horizonte de hermosos colores y, me acariciaron en lo más simple de mi ser, en lo más escondido de este cuerpo que ahora es tuyo.


La bondad de tus palabras, de aquellas que aún transitan por mis mejillas, destilando la cruda irreverencia de mis ojos que, al verse hinchados y enrojecidos tras una noche de desvelo y reflexión, brillan con la magna insurgencia de tu voz en lo profundo de mi mente. Esta tierna realidad a la cual me someto, me inspira para encontrar en el trasfondo de un “te amo” la inverosímil sospecha de un abrazo y un beso que, atrapados entre el siempre y el ahora, son capaces, sólo, de afirmar que mi “allá” es el tuyo y, que tu gloria es mi dicha y mi razón.


Una luz me avisa que la noche se ha terminado, y por tanto, cada poro de mi cuerpo busca revivir la grata soberanía de tu piel junto a la mía, pero, hay algo que va más allá, más valioso que una caricia o un halago… y ese algo, es la sinceridad y la seriedad de tu discurso. Antes, en situaciones pasadas, me vi plagado de ideas absurdas, de oídos fetiches y, de una vista parcialmente desteñida, pero ahora… ¡Ahora! La serenidad de tu divina humildad, me sujeta y me libera hacia este presente, que entre miradas críticas e ignorantes es un “prohibido” y un “desatino” moral; aún así, eres la más fantástica y hermosa construcción entre esta triste creación.


Después de un estiramiento erótico, sonrío al saber que conoces ese “algo” que camina entre mis ideas, me abrazo con decoro al reconocer que tu recuerdo me susurra al oído y me relata la magnificencia de nuestra intensa comprensión. Ahora, justo ahora, cuando la excitación de mis labios está en un clímax de ardiente florecer, la empatía de mis juicios, hace que te bendiga y te extrañe como lo he hecho y como lo haré a través de este tiempo que pasa advertido de nuestra envidiada felicidad.

jueves, 5 de mayo de 2011

Gárgola de aceite


He sido concebido como el abominable chico de los lentes. Un hombre de escasos veinte años, que en las múltiples historias que construye a diario, arroja palabras feroces y juicios atroces sobre uno u otro tema; un chico que a pesar de su intrépida experiencia, no se había percatado de las grandiosas y reconocidas letras que acompañan a dos autores, Edgar Alan Poe y, Andrés Caicedo, autores que vivieron en contextos distintos, pero que comparten una pisca del estilo que actualmente invade los textos de Ace.


Así es, me la he pasado fingiendo inocencia y, fisgoneando grotescamente la burda y crítica mirada de un cielo que me llama ”imbécil” cada vez que puede, cada vez que se caga en mis planes y afloja su garganta para soltar esa lluvia que irrumpe en mis acciones. También he disimulado la piedra y la rara excitación de mi cuerpo, cada vez que la polución que vomitan los carros, me da nalgadas y me arruga la nariz. En dicho conflicto manifiesto, es decir, en mi absurda y tosca rebeldía social, me arrecho cuando el olor de mis zapatos inunda mis pantalones y hace que mis mejillas sean rojas y coquetas, me inserto en un debate sin horizonte cada vez que no encuentro términos acordes a lo que mi vil lengua quiere expresar.


Me duele la cabeza cuando la masa de mi estómago se vuelve jugo entre mis intestinos y baja hasta convertirse en esa solución que pocos reconocemos, en esa agüita que nos perturba y son sonroja la colita. A veces me miro al espejo y pienso: a qué rayos hemos venido. A comer y, echar cemento y basura sobre los bosques; a comer, rajar y vivir del prójimo; a comer, dormir y expulsar gases; a morder, reír y despresar; a comer, reproducirnos y excretar… No, no puedo reducir nuestra existencia a hechos tan poco refinados, quizá, hemos venido a lucir cuerpos esculturales y prendas de marca distinguida, o mejor aún, estamos acá para demostrar que nuestro desarrollo cortical nos posibilita pa’ ampliar o reducir los paisajes, que bellos o no, son antojos de unos pocos, que para la dicha del resto, que somos muchos, se forman como “un algo” imprescindible e indiscutible.


Pero, ya basta de quejas y reclamos, quizá Dios debió dejar un buzón de sugerencias y, darle espacio a las otras criaturas de su creación para que opinaran sobre el manejo que le da el ser humano a estas tierras... Creo que me he retirado un poco de mi conflictos internos, así que regresaré a ellos.


En las noches que hace frío, me he visto obligado a ducharme, a mojarme un poco para limpiar los residuos de un día agotador, los desechos ambientales que se han posado sobre esta piel, y además, me baño con el fin de retirar y hacerle contra a .esos olores que me encarnan después un trote como el de los viernes. Jabón y agua, son la mezcla perfecta pa’ quedar limpio y rozagante, aunque, nuevamente nacen aquellos pensamientos reflexivos y certeros: ¿cuánta agua necesito utilizar pa’ desangrar a mi madre tierra? O cuántos cuerpos deben rozar el mío, para descubrir que la carne gobierna estas cavernas y, que la esencia de un sujeto vale lo mismo que vale un grano de arena en el desierto.


Saben, no sé con qué palabras escribir aquello que merodea mis ideas. Y terminaré mi diálogo diciendo que justo ahora, escucho una canción que habla de soledad, de un silencio en mi interior, de una separación imposible, de algo entre los dos… y así, el movimiento de mis dedos se hace recatado y atrevido, retoma una historia y la hace texto, retoma una melodía y la convierte en matices de intenso significado. No creí volver a escuchar tocatta para anunciar el comienzo de una obra, mi obra… Mi dramática y roja verdad. Con un rasgo de audacia y picardía declaro mi sentimiento de ahogo y de consuelo, al observar la belleza de un ser tan cálido y sutil como, aquella que me ha conocido en cuerpo y alma.