Nuestras particularidades íntimas son la imagen desnuda del elocuente prestigio del ser como individuo pálido e insatisfecho. ¿?...un capricho necesario, trágico…Pero cómodo.




lunes, 18 de octubre de 2010

¡Hombre, hágale que al fondo hay puesto!

Meto la mano a mi bolsillo,  y sí señor, encuentro toda una colección de monedas, unas más nuevas que otras, unas de mayor valor que las otras, y éstas, acompañadas de un par de billeticos arrugados y maltratados.  Y como buen contador, las saco y las expongo a la luz del sol,  las cuento minuciosamente y elijo unas cuantas para completar la tarifa y poderle pagar al señor de la buseta. Acomodo un poco mis lentes, me rasco la barbilla, y hago un breve calentamiento a mis extremidades, preparándome  para la prueba de resistencia que me espera al subirme en la buseta.

 

 

Y entre la calurosa tarde y el polvo de las calles, desabotono un poco la camisa, y hago esfuerzos retinianos para poder identificar  a la buseta que necesito; pues soy algo cegatón y de lejos no veo un… Pero cero estrés, saco también un poco mis dientes superiores, cómo si así pudiese ver  mejor  –jajaja-. Cierro todos y cada uno de los bolsillos de mi maletín, repaso por última vez la pulcritud de mis vestidos, y tomo el último respiro de aire, porque sé que al ingresar en la bochornosa galería del vehículo de trasporte público que ansío, estaré rodeado de gases y olores no muy agradables.

 

 

Extiendo mi brazo para avisarle al señor conductor que pare y me dé espacio para treparme, y sí, efectivamente éste disminuye la velocidad, pero no frena, a lo que yo reacciono con movimientos ágiles y no premeditados, es decir, improvisados pero acertados. Saco fuerzas de donde no las tengo. Piso las escaleras del vehículo y me aferro de los barrotes como si de eso dependiera mi vida, aunque pensándolo bien, sí, de eso depende mi vida. Porque el susodicho conductor, es un ente que sólo se impacienta por cumplir con un tiempo que le han impuesto para realizar su recorrido. -mucho atarbán -

 

 

Y sí, acelera y allá me manda de jeta contra el mundo… Pa’ que yo vea donde puedo acomodarme, estrellándome con otro grupo de consumidores insatisfechos. Me levanto, me sostengo, y experimento y practico infinidad de maniobras, y múltiples  posiciones pa’ mantener la salud de mis huesos. Para contener la integridad de mi existencia. Hombre, cómo será que me es imposible dimensionar otra clase de conflictos en ese momento, imposible recurrir a actividades tan simples como el hablar por celular, e incluso parpadear.

 

 

Entre mi ya equilibrada postura, veo como esta herramienta de trasporte público se va deteniendo en cada esquina, pa’ dejar que  unos se avienten y pa’ dejar que otros se trepen, lo que conlleva a un intercambio de sus tripulantes, es decir, que  por cada uno que se baja, dos se suben, y esto hace que el ayudante del bus, en uso de sus talentos ciudadanos nos diga en forma decente, cortés y diplomática las siguientes palabras: - Hombre, hágale que al fondo hay puesto. Mami, colabóreme, vea que por ahí hay un campito. No se me estrese, todo bien que más adelante les queda puestico. El señor de atrás que haga el favor de correrse. Déjenme pasar a la señora… Y los que se van a bajar, vayan saliendo, avísenme con tiempo. ¡Hágale patrón! sóbelo, sóbelo.-  Pero también es coqueto y le grita al señor conductor diciendo: -Téngalo patrón que  se va a subir la reina.-  ¿Reina? Pero si en unos cuantos segundos la va a estar tratando de mami y señora, doña, “mi seño”…

 

*             *             *

 

Todos los pasajeros que vamos de pie, nos vamos calentando los unos a los otros, sobándonos inconscientemente, degustando de las formas y contornos de nuestros vecinos. Yo particularmente, me preocupo única y exclusivamente por mantener todas mis posesiones, en  no desarmar el inventario que hice antes de arribar a esta carcacha móvil, donde es muy posible que a uno lo requisen-manoseen-casi violen sin autorización.

 

 

 No falta el atrevido-morboso al que se le alargue la mano y le roce o magulle la nalga a alguna de las despistadas señoritas. Oigan, y se sube una señora de unos  treinta casi cuarenta años de edad, y al ver que no hay espacios disponibles para que ella aterrice con sus exorbitantes carnosidades traseras… Inicia un aleteo infructuoso, donde repite como lora toreada: - ole, ¿Pero es que se acabaron los caballeros?, todos estos hombres gordos y colorados, llenos de vida, ¿No son capaces de darle el puesto a uno?  Uishh, por eso es que estamos como estamos… - Estos son los momentos en los que agradezco ir de pie  y penando al estar colgado de los barrotes superiores, pues, todo es poquito comparado con  la ridícula intervención de la señora, que entre otras cosas, hasta tiene razón en algunas de sus palabras. Pero como dicen por ahí: el que se subió primero, pues ocupó su puesto, además todos van pagado lo mismo.

 

 

No siendo suficiente al estar condenado a disfrutar de la miserablesa del urbano (bus urbano), el conductor, que ahora se cree “dj”, nos deleita con una emisora tan popularmente desconocida y detestable, que inmediatamente despierta un deseo de inhibición auditiva. Esta emisora presenta música que no parece música, melodías tan incoherentes y debatibles, temáticas tan absurdas y desquiciadas, ritmos que no tienen ritmo, mezclas de ocio e irracionalidad, que lo único que generan: son unas ganas de abrir esas ventanas y tirarse hacia el exterior para escapar de tan tortuoso sufrimiento. –jejeje-

 

 

Siento perder algunos gramos de mi masa corporal, me voy viendo cada vez más desaliñado y manoseado, me estoy despeinando y cocinando entre la multitud. Si alguna vez han querido saber que se siente estar en un concierto rodeado totalmente de personas desconocidas y estar expuesto a innumerables perversiones, pues… sigan mi consejo: métanse de cabeza, en hora pico y   con un afán ni el  “hp” (como pa’ no tener opción de bajarse antes de lo debido), en un bus de trasporte público. Pero eso sí, pidan rebaja, para que por lo menos no se sientan tan desdichados.

 

 

Pero les digo de una vez, llénense de entusiasmo y gloria, de fascinación y buenos pensamientos, para que la travesía en el busecillo no les parezca tan sofocante, irritante o en casos extremos, traumática. Relájense y disfruten del manoseo, que hasta rico resulta.



domingo, 17 de octubre de 2010

Hasta el nombre es erógeno


Mónica, una señorita tímida y sutil, un hermoso trago de inocencia y rebeldía, una mujer de inconfundibles e inflexibles principios; ella, es una joven atractiva e inconscientemente coqueta, es una picardía involuntaria que se acumula en finas geometrías, en una estatura de reina, y en una voz angelical y melodiosa. Mónica es un lienzo donde se encuentra dibujado el sobrio latir de sus apetencias y deseos, además, ella se debate en elogios que vagamente se superponen a sus pensamientos como ideas peyorativas, tal y como si un demente extendiera su verborrea sobre las frágiles mezquindades de su existencia. Un pansexualismo se reintegra a sus estéticas autonomías, y éste, hace que un sin fin de emociones se explayen sobre la delicada perfección de sus pómulos. Mil y una manifestaciones de cordura esquizofrénica se adhieren a sus vergonzosos sorbos de nostalgia por algo que aún ni piensa en suceder.



Definitivamente es necesario ahondar en la inherente necesidad de vida que aqueja a esta señorita. La necesidad de convertirse en una mujerzuela, en una controversial y reconocida figura complaciente; la necesidad de aterrizar en las abstracciones de un naufragio para relucir como sirena y aplacar el deseo del género opuesto. La incontenible redacción de un evento majestuoso y sabroso, de un acontecimiento delirante y ardiente; un rememorar de acciones ajenas, de actividades colectivas que son censuradas y maquilladas, verdaderas elongaciones de placer y desventura.



La vigorosa narrativa descrita por sus empolvados menesteres bibliográficos, es un realismo que supone revolución y que además, adormece las fóbicas obstrucciones de sus desdichados complejos morales. El trauma paranoico al cual se reduce Mónica, es un paso latente hacia la expresión de sus ideales reprimidos, hacia su gusto exhibicionista y hacia sus exigentes fetiches selectivos. Entonces, es así como poco a poco, con una simple introspección o apropiación, Mónica, compadece ante sus guerras y se paraliza ante la parvedad se sus prejuicios, pero entre su urgencia por renacer en un vestido de telas poco recatadas, ella modifica sus encantos, y trasciende como un ente de servicio, como un marañón de satisfacción autoconstruida, delimitándose en ofrecimientos de satisfacción carnal y térmica.



Mónica, redimiéndose a sus sombrías peticiones, se descara en un egoísmo libido y cauteloso, sarcástico y excitante, sensual y caprichoso, cómodo y resplandeciente, lujurioso y respetuoso. Mónica encuentra un objetivo, un sueño trasero a sus vínculos sociales, oscuro y desenfocado a sus infantiles ironías. Ella interviene en sus juegos pecaminosos y se arroja hacia una expedición de éxtasis y efervescencia. Mónica estando desnuda frente al espejo, experimenta esa satisfacción incandescente y desbordante, tras acariciar con su vista la relativa divinidad de sus entrepiernas, de sus pechos caudalosos y voluminosos, tras reparar en la finura y la elitista silueta de su cuerpo… Un yacimiento de fortuna y morbosidad, una mina de gloria y licor metafórico, una guaca de infinitas pasiones, un planisferio de gula y desmesura, de regocijo y precocidad.



Mónica se define a ella misma como un cascabel silencioso, como un llamado al poder errático en las fuerzas de los machos. Ella se llena de propuestas, categoriza sus ideas en alianzas prematuras, se envuelve en un lenguaje de doble sentido, se reviste con ropas insinuantes, dejando a la vista la densidad de sus fronteras, dejando a la imaginación un posible tráfico de caricias, de manoseos y regodeos.



Esta mujercita, que ahora es mujerzuela, se convierte en musa de inspiración y perversión. De su atractivo cuerpo surge una sigilosa bestia que debutará en un gran escenario, y lo hará personificando el papel de quien quiso ser y ahora será; manejando una malicia encantadora, disfrazándose de diva en un festival de deseos y fogosidad aleatoria.



La dicha y la cortesía son engendradas del hedonismo sonriente de Mónica, sus agraciadas posturas, se articulan para exteriorizar representaciones de complacencia y erotismo descomunal. La soledad de su intimidad se ve violada por la agresividad de sus pensamientos, formalizando así, un nacimiento de irreverencia y actividad instintiva, de ganas y de métodos para satisfacer esas ganas.

martes, 12 de octubre de 2010

Señor, cuando yo te abrazo me construyo en alegría

Me encuentro sentado, con las piernas una sobre la otra, recostando uno de mis codos sobre la mesa, y con la mano de ese brazo, el izquierdo, repaso los entresijos de cada filamento capilar, acaricio la grasa acumulada en mi cabello; contengo mis ojos en movimientos frívolos e indiferentes, balbuceo repitiendo la burda e incoherente malicia vulgar que percibo en el televisor, mi rostro se moldea según las imágenes que acompañan a este almuerzo, noticia tras noticia, sólo novedades desagradables, morbo y más morbo, pobreza y violencia, corrupción y plasticidad, realidad delirante, pendejadas tras injusticias, muertes y más muertes, además, un sin número de tonterías que alimentan la gula perversa de nuestra idiosincrasia conformista. Datos tan inexactos e innecesarios en algunos casos, un conglomerado de picardía y marihuana gráfica, una constante réplica de su mañosa manipulación informativa, que se restringe a perforar en las crédulas e ignorantes mentes de sus espectadores, se limita a promocionar cobardía y resignación, sumándole también una sínica rebeldía, y una estúpida desmotivación subjetiva.



Me detengo únicamente a masticar, a fraccionar y degradar el alimento que no hace muchos minutos se encontraba corrugado en la soberanía del plato. Saboreo cada milímetro de este bolo alimenticio, cada sustancia y cada recuerdo. Me reduzco a un acto secuencial, me limito a tragar y respirar, a comer para vivir, y a vivir para comer, me muero para que nazca un zombie de aptitud fatalista, de moderación e inhibición moral. Me despido de la razón y de mis placeres, para que florezca una criatura de olvido y abandono social, un extravío de ideas y conceptos, una pérdida de gratitud y humildad, un entierro espiritual enmarcado de egoísmo y repudio reflexivo.



Yo, tan frío en medio de un sol incandescente, tan pálido dentro de un horno competente, tan voluble dentro de un molde abstracto...todo tan bien deformado, tan perfectamente defectuoso, tan estéticamente desechado. Tan sucio como la base de un galpón, tan marcado como la cara de un billete, y tan radiante como la cruel epifanía de un cadáver al ser sepultado.


Tan estúpido y cobarde al reincidir en estas sanciones colaterales e insignificantes. Una continuación extemporánea de quejas inherentes a la ignorancia y la desdicha, un magnicidio repetitivo, un poso de realismo subjetivo y melancólico.



Esparcido en un discurso sin remedios, copulado en un síntoma imaginado, y ahogado en una seca insatisfacción, así me hallo, hasta que un bulbo metálico empieza a vibrar sobre la superficie circular de la mesa. Mi celular está recibiendo un mensaje. La identidad de mi corpórea existencia está siendo recordada entre los dedos de algún vecino, entre las intenciones de algún ser que conoce mi código, qué recuerda mi número...Sí, es ella, es esa divinidad carnal que se funde entre mis elogios más intrépidos y encendidos, entre mis pensamientos más íntimos y veraces; ella es la ilusión de gloria que germina en cada mañana, en cada noche y en cada aparecer y desvanecer del sol. Brota una catarsis veraz, esquematizante, improvista. Un paréntesis entre el velorio de mis odios.



La grandeza y la rebeldía de mis ánimos, están adscritos al delicado y sutil parlamento del mensaje, una conjugación de palabras tan honorables y directas, tan precisas y correctas, tan bien diseñadas, tan finas y pulidas, tan oportunas y congruentes… tan mágicas y tiernas, que sólo basta verlas para sumergirse en un lago de temperatura perfecta, en una dicha tan cómoda e indescifrable como la tenue inspiración de sus aciertos.


* * *


Definitivamente mi gesticulación espontánea, después de ver las obscenas, escandalosas y perversas imágenes proyectadas en el televisor, se contrae en júbilo y belleza, en agradecimiento y fidelidad a la bandera, en correspondencia a su búsqueda de alegría y controversia, donde Dios y su bienaventuranza son la tradición y naturaleza de mis triunfos, donde Dios armoniza la inequidad y donde éste, mi señor Dios, atribuye precisión y talento a quién desenvaina su egoísmo y lo desecha entre las muertas raíces de su humanidad, donde acuerdo desvestirme de esta corriente adversa a mis ideales, donde comprendo la distancia que aún debo recorrer, y donde identifico el significado del mensaje, de su origen y destino. Pues sé, que quien remite está en gracia de Dios, porque reconoce al árbol de donde recoge el fruto, y porque entusiasta da buen manejo a la semilla.



Dios, ahora comprendo la indiscutible e irrefutable congruencia de tus juicios. Pues ella, mi amante, es la representación de tu grandeza y tu benévola epifanía. Logro explorar los contenidos de este universo, viajar entre las inmediaciones de esta dimensión, y recorrer espacios vírgenes y bellos cada vez que mi defectuosa existencia se ve desplazada por el recuerdo de mi amante. Ella es armonía y coherencia afectiva, es consuelo y simetría, es una compleja simplicidad de cualidades, es mi hermana y compañera en acciones y debates.



Sus manos, su delicada ingenuidad, su cuerpo que se esconde tras esas ropas tan finas y recatadas… Su sonrisa, su boca, sus labios, su virtuosa alegría, su íntima ligadura maternal, su voz y su aliento. Todo implícito dentro de una sola palabra, su todo reunido en la conjugación y apareamiento de algunas letras. Su majestuosidad reposada en un nombre tan sencillo y reconocido, que sólo al pronunciarlo, mi corazón se agita, se despierta del trance costumbrista al cual me sumerge la ignorancia. Mi pecho es lugar de un concierto apetecido y envidiable, es origen de una singular sinfonía, y es destino de innumerables emociones.



Señor Dios, te agradezco la oportunidad de poseer entendimiento, de poseer la sencillez y la nobleza para agradecer tu indiscriminada empatía, para identificar tu paciencia en mi cuerpo y en quienes me rodean, para sorprenderme y excitarme al reconocer la magna inspiración de tus proyectos, y para encontrar razón de vivir en cosas tan pequeñas como el sabor de una manzana, o en cosas tan únicas como el azul claro de los ojos de mi amante.



Te agradezco señor, por sostenerme en tu voluntad y por consagrarme en sincronía de mis apetencias, por dejarme ser suficiente y necesario, por apoyarme y adjudicarme autonomía ante la perversión de mis iguales, por iluminarme para vencer la discrepancia y la rebeldía de mis semejantes, y te agradezco por permitirme construir una identidad y una tonalidad atractiva para mi amante.


Dios, permíteme acariciar tu grandeza en los imperfectos de mi amante.

sábado, 9 de octubre de 2010

En la dualidad de lo invisible


No tengo idea de qué hacer con este cabello, no preciso armonía entre mi blanco uniforme y el bronceado de mis manos; este puesto de enfermera me está carcomiendo, me está desinflando entre pequeños punzones de nostalgia, ¿cómo podré reconocer serenidad en la fatídica y trágica reverencia de infelicidad que se apaña entre mis defectos? ¿Porqué no consigo desgastar esta cara emotiva y sensible que se arrastra en cada desacierto?, ¿cuándo lograré desafiar a la inocente y sombría estupidez de mis gustos?, ¿dónde encontraré síntesis a la sonrisa teatral de mis necesidades? No es admisible arrodillarse para argumentar la prevalencia de una relación patética, fúnebre, luctuosa e indiscutiblemente penosa.



Sólo faltan unos pocos minutos para que te pierda eternamente de vista, para que amplíes la distancia física que aún no existía, para que construyas una brecha entre tu vida y la mía, sólo hace falta respirar y suspirar unas cuantas veces más, antes de que fluyas entre la realidad de tus conceptos. Partirás para encontrarte, partirás dejándome apocalípticamente castrada, huirás para enseñarme que soy endeble y fastidiosa, te alejarás para demostrarme que la sinceridad de mis palabras es sólo un delirio infantil, una burla a la madurez y a la codicia.



Mi cara parece una selva, tan llena de colores, tan ansiosa de mezclas y placeres, tan fálica y coqueta, tan mundana y caprichosa, tan maquillada y contaminada, tan carente de vida, tan olvidada por tus besos, tan odiada por tus ojos, tan invisible en medio de este mar de iguales. Lo más frustrante es que en este terminal de trasportes, los baños son una reclusión de olores, y éste no es la excepción; mi depresión se ve plagada de sustancias no ajenas a sus tonalidades, se contorsiona libremente entre las explayadas suciedades de estas paredes, se delinea frente al espejo, y se enmarca en la húmeda rebeldía del piso. Pero, ¿qué se supone que haga, qué posibilidad tengo de verte y no llorar, de sonreír y no quemarme por dentro?, ¿qué opción tengo?, ¿qué posición tomarán mis ojos al ver que desertas y te embarcas en brazos distintos a los míos? … ¿aplaudiré mi desconsuelo y me redimiré a soledad y controversia?, no, nada puede salir mal, esto no puede evidenciar mi prolongado sufrimiento, no puedo dejar que mis ojos luzcan el deterioro que poseo, aplacaré cualquier insinuación de cobardía y debilidad, confinaré mi dolor en una represión intransigente, rebuscaré una máscara de alegría entre las empolvadas ideas del pasado, y ahogaré tus palabras entre el bullicio y la revuelta.



Esta pestañina me desorienta, me anima e induce al sufragio, me invita a subastar mis atributos, me despierta entre la sobriedad de mis lamentos, me condiciona y me esconde en la mentira, se corre y me corrompe de ansiedad. Busco esperanza entre la intimidad de mis senos, entre la femineidad de mi júbilo, entre lo erótico de mis formas; busco alegría entre la discrepancia de mis compromisos, entre el aplacamiento de mis imperfectos, entre las telas que me cubren, entre los colores de mi bolso, entre la sensualidad de mi labial, entre la rigidez de mi peinado, entre el verde de mi ojos.



* * *



Al aplicarme la última capa de maquillaje, me doy cuenta de mi error, de mi estupidez emocional, de mi conflicto, de mi absurdo monólogo, de las innumerables necedades que me han poseído, ahora soy consciente de la pendejada de mis voces, percibo inapetencia en mis oídos y enfermedad en mis discursos, ahora comprendo mi desatino amoroso.



Me acerco al bus, y te veo sentada junto a la ventana, tan seria, tan ignorante de mi dolor, tan sínica y hermosa, tan simple y perfecta; ¡por dios!, sorpréndeme con un abrazo, libérate de ese orgullo maldito y trágame con un último beso, con una caricia sin remedios, con un orgasmo repentino… hállame encantada entre tus manos, encuéntrame distante a la nostalgia, y déjame herida y satisfecha.



Sé que si quisiera gritar, gritaría, que si deseara llorar, lloraría, que si debiera golpearte, me mordería los labios y amarraría mis manos, si tuviera que odiarte, moriría, si te dejara de amar, me alegraría, y si nos despidiéramos con un simple “adiós” perseguiría a ese vehículo hasta perderlo de vista. Hasta cansar mis músculos y recostarme en medio de la calle, hasta suspender esta ligadura y retratarla en el pavimento para que se deteriore con el paso de los carros.



Me identifico como una mujer amante a otra mujer, dependiente de otra hembra, aprendiz de la poetisa Safo, e hija de la isla de Lesbos, practicante del tribadismo y orgullosa de ello. Fuimos un par de niñas jugando a quererse, en la obscuridad y la luz, donde iniciamos una danza de cortejo y traición. Lo más probable es que al reencontrarnos, nos descubramos llenas de hijos, y sujetas a un par de esposos inocentes a nuestras prácitcas.



Vete ya, emprende ese viaje de falsedad y represión, aléjate para aceptar que eres tan indecisa como yo, atrévete a comprobar que eres amante al reflejo de tu cuerpo y al cabello de tu iguales.