
Dónde podré encontrar ese trampolín que tanto necesito, cómo demarcar los bordes de una cancha en la que no me dejan jugar aún, por qué cerrar los ojos y dejar que simplemente me golpee sin objeción alguna. La hora ha llegado, el juicio ha comenzado y, la sentencia está casi escrita. No es tarde para recapacitar, pero, no es necesario hacerlo, sólo debo capacitarme y demostrar lo audaz que puedo ser, lo instantáneo y creativo que puedo llegar a ser. Mis intereses se bifurcan a través de varios senderos, varias opciones de distintos colores. Puedo imaginar vivir así o asá, recordar cómo perdí mi madurez, y reconocer que cometí un error muy grande, pero me voy a dedicar a aplanar la trocha que hoy empiezo a transitar. Diría que aún me queda una oportunidad, pues sé, que mi condición revela una ingenuidad aparente, despierta emoción y contagia sensatez, mi despavorido intelecto despierta confianza y respeto en otros, construye narración de un pasado agradable y discreto, algo modesto y atractivo. Pero las puertas de un buen futuro no se me han cerrado para siempre, las ventanas de mi cuerpo aún son iluminadas por el sol de ese mañana que alcanzaré sea como sea.
Nadie vive en mi memoria, más que mi madre y mis adeptos, dirían que mi estanco emocional solicita reinauguración y remodelación, pero, yo argumento que prefiero desmoronar mis pasiones antes que desarrollar perdición y fracaso sensorial. Ando fatigado de tanto tragarme mis palabras, de tanto tragar sin reproche las voces de otros que me han manejado, esos que fueron la alegría de aquellos tiempos, que se han marchado sonrientes pero con el alma muerta de tanto renegarse. Las tapias de los cueros donde mi cabeza fue batida por el viento susurrante de otros cuerpos, me arrastraron hasta la orilla de un silencio penetrante, en casa de criaturas dominantes, en casa de experiencias subyacentes al llanto.
Adolorido de tanto pensar en qué hacer con esta vida, así he pasado por las puertas de una historia, una estancia donde me regenero y me alimento, donde el bullicio se alojaba en el calor de la estrecha realidad que se pintaba en una casa, un mural de razones incongruentes, de ficción y de entusiasmo deprimente.
¿A qué quiero llegar?, ¿Qué estoy alegando o cuáles son mis fastidios?, estas son las cosas que me pregunto cada vez que murmuro frente al espejo, odio tener que escribir todo lo que siento, bueno, aunque en realidad lo que plasmo en estos textos no es ni la más mínima parte de mis conflictos, me faltarían dedos para poder describir mi vergonzosa antipatía. A veces son de un color, a veces de otro, en ocasiones doy de esto, pero en otros momentos me limito y sólo doy de eso, o quizá en algunas circunstancias muy especiales y bochornosas, doy de esto, de aquello, y de eso otro.
Cómo evitar esos momentos compartidos, lo falso de aquellos días, cómo pedir perdón por acciones ajenas, cómo decir adiós sin dar explicación de mi partida, irme así no más, sin avisar o levantar la mano para minimizar el dolor… dolor que se combina con intensidad y desprecio, con inseguridad y contradicción. Una polémica dependencia, un fracaso de dos caras, y un debate a tres colores, son la magna redención de un sueño incinerado entre la gerencia del ayer, el hoy y el mañana.
Mi fanatismo idealista será concretado en sesiones de introspección y autocrítica, en exposiciones de humildad y arrogancia, en trabajos de apoyo y abandono, y mi lirica simpleza será remojada en el charco de mis triunfos.






