Nuestras particularidades íntimas son la imagen desnuda del elocuente prestigio del ser como individuo pálido e insatisfecho. ¿?...un capricho necesario, trágico…Pero cómodo.




sábado, 28 de agosto de 2010

En los bolsillos de un saco descompuesto



Y así, cuándo restrinjo a mis manos de los fríos lengüetazos del viento, las escondo dentro de los bolsillos de mi saco, calentando y recordando (…) Manteniendo ideas y revelaciones acechantes y burlescas. Con los oídos taponados de rítmicas melodías, cantos que asocio con un baile de aeróbicos, con movimientos bruscos, dejando en aislamiento a cualquier posibilidad de recato; dos audífonos que revierten energía, que trasportan sensaciones y cúmulos de historias.



En mi caminata nocturna, avisto a dos mujeres, que recostadas en un portón algo oxidado, se complacen afirmando cuentos y conferencias de personajes ajenos a sus contactos matutinos, relatando en tono displicente las andanzas y actualidades de sus allegados más desconocidos; hasta ese entonces yo sólo criticaba la sañosa y corrupta interlocución de esas dos damas, pero se alebrestaron en alegatos y carcajadas, exponiendo el caso de un suicidio, del cual, su protagonista hacía referencia a un joven de 17 años, estudiante de décimo grado; quedé perplejo, atónito, anonadado con tan portentosa noticia, cortesía de dos megáfonos de porte humano (jajaja).



Preguntas, preguntas y más preguntas se desprendieron de los conductos de mi mente, y seguido a eso, una intensa picazón acorraló a mi descubierta cabellera, marchitando la somnolienta inflexibilidad de mis párpados. Me desdoblo en corrientes de horror y de tristeza, de satisfacción y desconsuelo, de hedonismo y eufemismo, un desboque acompañado del lúcidos encantamientos de temor.



Una sincera perífrasis es el residuo de mis satíricos disimulos, una socarronería es la única desigualdad que escapó de mi perforada continuidad, y los sacos de ociosidades carbonadas, relatan la cruel y cínica sublevación de mis intereses ególatras. La circunlocución de mis pensamientos es tan limitante, tan “x”, tan extraña, porqué no puedo decir las cosas con menos rodeos, con menos trabas, con menos retrasos y obstáculos para su interpretación.



Es como una marca, una señal, un teorema penetrante y radical; sólo busco relajarme y concentrarme en responder de manera espontanea a los cuestionamientos del modelo actual, recapitular lo acontecido con aquel muchacho, que ahora vive únicamente en el recuerdo de quienes lo conocieron. Se supone que soy el aprendiz del mejor investigador de la ciudad, un señuelo ignorante, un vínculo entre la perseverancia y el talento, soy un solitario inmejorable, el extraño escepticismo a la exclusividad, o como dirían por ahí, soy el original descaro de las representativas ambiciones de mi maestro.



En lo personal, y desde el método abductivo, estoy cagado en la ignorancia, desvarío con cada palabra (…) Y mi más fiel y cercano cómplice, es este saco mal oliente, mojado con las gotas resultantes del que hasta ahora reconozco como el único castigo benéfico. Estoy permeado de irregularidad y continencia, de animadversión y regocijo, contraste de holocausticos engaños.



El distintivo reflujo de mis atípicos síntomas, no son capaces de revertir las prematuras represiones que demarcaban mi próspero palpitar, ahora me cuestiono sobre mi papel, mis orígenes y mis logros ideales. Debo estudiar y considerar una síntesis al caso del suicidio precoz y conflictivo de ese muchacho. Concentro mis capacidades en lineamientos fantasiosos, para así, poder despertar ese don oculto que se deposita en las limitaciones de mi cuerpo.



Desvío mi rumbo, y me dirijo directamente hacia el velorio del joven ya mencionado, con mi lento caminar demoro eternidades en llegar hasta el lugar de mi memorable actuación. El lugar está repleto de jóvenes, ancianos, etc., todo un caudal de estatus, y categorías de estilo y recato. Antes de ingresar, respiro profundamente y proclamo un breve rezo para mi maestro; ser el neófito más sobresaliente entre el colectivo de necrófagos es una responsabilidad demasiado exigente, se requiere de un alto conocimiento en bestialidades y además, gran habilidad para esterilizar los sólidos componentes de la mente humana.



Tal y como me enseñó mi maestro, despido un gas tóxico e incoloro, un instrumento que he perfeccionado por varias décadas, una herramienta que guardo en el fondo de mis bolsillos remendados. Inmediatamente después de expulsar mi tan agraciado gas, las personas se contraen y se alimentan del sueño que se esconde en la suciedad del suelo. Me acerco al ataúd, a ese cajón simple y mal tallado, me recuesto sobre el cadáver, y próximo a su rostro, aplico una mordida en sus labios para poder extraer la verdad de sus impulsos suicidas, encontrando que este muchacho obedeció al mandato monarca de su cruel consciente religioso, su carga moral fue tan hostigante, que lo redujo a míseros pecados de inadmisible coherencia; este joven se contorsionó entre la perversa psicopatía de su ídolo, de su yo ideal, su sacerdote.



Un hombre afiliado y entregado al celibato, fue capaz de manchar la inocencia de un ciudadano vulnerable, se aprovechó de su sotana para remediar sus ganas de un pedacito, sus deseos de otro pedacito y sus frustraciones por otro pedacito. Mal patriota, que se reverdece al contaminar y corromper la ingenuidad de sus servidores.



Me desanimo de succionar la sangre de este muchacho o de masticar sus carnes, pues está fumigado con aberraciones de un idólatra irreverente, sus cabellos y sus tonalidades están malditas, pues ha sido acariciado por un gorgojo petulante y desgraciado. Lástima, me hubiese gustado saborear la juventud que se contempla en la ternura de su piel, ahora me limitaré a vengar el envenenamiento de mi alimento, descansaré condimentando a ese padrecito de quinta.

¿Y qué tal este man? ¡tan "casposo"!

Siempre nos definimos como seres superiores, como criaturas de origen divino, obligados a religar nuestra breve, patética y circundante existencia; carecemos de ímpetu, somos variables, en algunos casos podemos ser metódicamente predecibles, cuestionables, cariñosos, sofocantes, intensos, persuasivos, desconfiados (…) Etc. Nos hacemos amigos del efecto placebo, acariciamos cada sospecha de indiferencia, pretendemos no pecar de ignorancia en las cosas que implícitamente, y como si fuera una regla, siempre pertenecen al conocimiento popular. Como dice mi madre “nadie sabe para quién trabaja”, pero nos destrozamos de estrés cada vez que no sabemos si girar hacia la derecha o hacia la izquierda, nos resulta dificultoso decidir entre chocolate o vainilla, entre esto o aquello, alcanzamos a ostentar la categoría de chistosos, cada vez que aplicamos el sentido común, o nuestra muy mal usada, lógica deductiva.



Conceptos inimaginables rondan por cada espacio de calle, en cada etiqueta, de cada producto, observamos logos, códigos e innumerables especificaciones de uso, sugerencias, invitaciones, etc. No logramos definir lo perturbador que resulta oprimirse con tanta información, desearíamos recibir ayuda de una inteligencia artificial, o alguna otra herramienta de ayuda potencial.



En fin, los pensadores que atentan contra nuestra cordura y frustran a nuestros ponderados cerebros, engendran a diario, más y más disciplinas, que recientemente se incumben en cosas tan sencillas como un simple lavado de manos. Por estos y muchos más motivos, los cuales me da pereza y desaliento expresar, es que los “animales racionales”, sí, la especie dominante, o más conocidos como seres humanos, recurrimos a las manías, las mañas o maricadas para alejarnos de tanto tecnicismo y remontarnos a las prácticas placenteras y “provechosas” (aunque eso dependerá de la pendejada a la cual se agarre cada sujeto).



Y bueno, como dicen por ahí, “hablá pues hombre, y dejá tanto rodeo”.



Se acordarán, y yo se que sí, de aquellas madres que poseen la sádica manía, de reprender súbita y sorpresivamente a sus hijos, con el lindo argumento de protegerlos. En una ocasión, tuve la oportunidad de tropezar y golpearme en unas escaleras, mi madre, como un ángel en auxilio de su apadrinado, como las olas cuando van en busca de su playa, así llegó ella, y sin son, ni ton, sin cruzar o vomitar palabra alguna, me agasajó con fuertes correazos, característicos de una madre preocupada.



También recordarán, o por lo menos vivirán, la manía de algunos hombres, de coquetear y amasar sus genitales, quizá, para así recordar que son varones o machos, ejemplares masculinos con una mañita algo retorcida.



Pero lo anterior, es compartido por algunos sujetos, que están en etapa de desarrollo, que se miran al espejo y buscan dónde nacerá su próximo pelito, su tan ambicionado vellido; les hablo de esa maña de tocarse y desestresarse (se ruborizan y agitan por completo) o casi excitarse al tantear y sentir los míseros cuatro pelos, que a duras penas se asoman sobre su lampiña barbilla.



No puedo dejar por fuera, a ese quisquilloso impulso, de extraer la mugre que se encuentra confinada en las uñitas de nuestros pies, para después y como si estuviésemos descubriendo al continente americano, nos acercamos a ese pequeño residuo, para olfatearlo, y concluir con un sutil pensamiento “junmmm, esto huele como a feo”, lo cual hace parte de una versión postmodernista del método científico.



Asimismo las mujeres, en acto colectivo hacen un estiramiento, realizan precalentamiento, se preparan psicológicamente, y como vacas asustadas, se posan en frente de un espejo, acercan sus tiernas manos, se levantan el pecho, y se acomodan ese par de bendiciones que llevan puestas, ese par de cualidades que las califican como hembras admiradas y respetadas (como por no decir que apetecidas).



¡Hombre!, y no puedo dejar por fuera, a esa caprichosa y un tanto cómica maña, de irrumpir en nuestras fosas nasales, con todos y cada uno de nuestros dedos, para reproducir a escala, la acción de un minero, la travesía de un explorador, acompañados de la suspicacia de un antropólogo bien curioso. Además, reconocer el objetivo y aplicar todas las normas para la toma de muestras, o más explícitamente, la sacada de mocos.



Es un gusto compartir con ustedes estas tonterías, y les ruego que me reciban con un pensamiento crítico e imparcial.


Esvástica de colores

Andrés, un joven de 20 años, estudiante de múltiples asignaturas para completar un requisito y convertirse en psicólogo, de estatura promedio, cabello obscuro, ojos negros, labios rojos y delicados, y acompañando al color de sus ojos, se encuentra una mirada penetrante, intimidante, intrigante, y agresora al cruzarse con otras de menos categoría que ésta.



Este muchacho se despierta, se deslumbra con el frío amanecer de un viernes, se acopla en un sucio bostezar, y de nuevo, se descubre, se denuncia bajo la sedosa cobija que pregona su virtud y su derecho al sueño, el dormir cuanto sea necesario, después de una noche de vómito y reproches. Se acuesta boca abajo, para esconder la prominente y delatante erección de su pene; se concentra en los lamentos de un desquiciado y exhumado delincuente subjetivo. Este chico, con su silencioso rechinar, explica el porqué de su cólera enmascarada, el porqué de su tierna rebeldía, la causalidad de sus incandescentes arrebatos, y la taciturna refracción de su llanto solapado.



Como les pasa a algunos jóvenes de su edad, éste es presionado y estimulado por su madre, para que se levante con ánimos, con una descifrable empatía, y remonte la veracidad de sus coordinadas acciones cotidianas; para que imitando el sonido de un enjambre enfurecido, se cuestione y se limite a lavarse con agua y jabón, para que se acerque al armario, elija unas cuantas prendas de vestir, se disfrace y salga calladito, con el único objetivo de no perder la ruta que lo llevará hasta la universidad.



Con unos lentes estorbosos, Andrés, logra ubicar al busecillo que lo trasportará hasta su lugar de clases, son cinco minutos viciosos, son cinco marranitos donde se acostumbra a soportar el repulsivo y pestilente olor de su vecino y compañero de asiento. Sus pies son aporcados con el polvo que acompaña su crónica e impúdica indiferencia, este chico ocupa un espacio muy estrecho, mortificante para alguien que mide ciento ochenta y cinco centímetros (1,85cm), irritante para alguien que cree en la prevalencia de un pensamiento maquiavélico, vejatorio para un hombre de canales y tendencias poco ortodoxas.



El humillante vehículo ha llegado al semáforo, Andrés baja del traste, no dice ni adiós, ni gracias (…) Hace un gesto de repulsión, empuña sus manos, y atraviesa la calle sin percatarse de quién o qué, pueda estar necesitando la vía; como siempre lo hace, este joven camina en línea recta, con la mirada fija hacia el frente, un posible rasgo de un sujeto con trastorno disociativo.



Cuando Andrés ingresa a la universidad, se transforma, su cara parece alegre, su mirada evoca fascinación, su voz inspira placer y armonía. Podría decirse que la aptitud de este muchacho al interior de la academia, es claramente sofista y manipuladora, y por lo tanto, fingida.



Despliega sus manos para saludar a quién se entrometa en su camino, para quien requiera un poco de su celada seducción, seducción que resulta ser una máquina que succiona a los comunes intereses de estos impávidos seres que adornan al fracaso atmosférico.



Andrés está un poco depresivo, y el proselitismo de su lengua, no es suficiente para suprimir esta vaga realidad; se escuda en escuchar y remediar en forma relativa, las problemáticas de sus compañeros, cuando en realidad siente placer por sus desgracias, deriva tonadas de regodeo al conocer la típica y fatídica realidad de sus compañeros.



Desgarra cada astilla de vidrio que queda al interior de sus frenéticas perturbaciones, y sonríe, de una manera tan convincente, que deja afuera cualquier opción a sospechas por parte de sus compinches. Andrés es cómplice de su mortal excitación, de sus juegos patológicos, de sus ya discretos pensamientos. La acupuntura virtual, no es capaz de retener sus impulsos, Andrés se ha vuelto tolerante a sus propios tratamientos. ¿Cómo alguien con un C.I. tan alto, puedo estar tan agobiado y desdichado? ¿Cómo se logra remediar un daño que crece a diario y que acumula tantas desviaciones y referencias?



Las clases trascurrieron con un éxito normal, con una sobresaliente participación de este joven. Ahora, sólo hay posibilidad de regresar a casa, son casi las 8pm y está lloviendo, Andrés sale caminando en compañía de Juan y Martina; su compañero Juan, también está depresivo, pero como la mayoría de las personas, éste expresa abiertamente cada estado y cada etapa de su loca vivencia; Martina, entregada a su papel de fiel oyente, se limita a escuchar la charla de los dos hombres que la acompañan, pero estos dos hombres, Andrés y Juan, buscan una misma dirección, acabar por fin con su holocaustico retroceso.



Los jóvenes acuerdan caminar juntos hasta sus hogares, y dejar a un lado el viajecito en bus, evitar por completo el contacto con otros animales remitentes de desgano. La lluvia aumenta, y los carros pasan cada vez más seguido, la obscuridad se hace más profunda por efecto del agua, la mente de los dos hombres se nubla, y como dos entes telepáticos, agarran de los brazos a su compañera (Martina), y sin pensarlo dos veces, sin dar paso al debate entre consciente e inconsciente, se lanzan hacia la avenida, dando espacio, a la escena más deprimente de la noche, un atropello literal a la existencia corpórea de estos tres seres.


¿Y qué puedo decir?


Hola ______, ¿Cómo estás? (...) Espero que muy, muy bien, como siempre.



Desde el momento en que bajé del carro, desde el preciso momento en que me enteré que habíamos llegado al final de nuestro recorrido, desde el instante en el cual me despedí (...) Desde ese momento te extraño, divago entre los incrédulos pavimentos de mi mente, donde veo imágenes, paisajes, y pequeñas esculturas, en las cuales se detalla cada beso que compartimos. Debo confesarte que quisiera, y más que eso, desearía transitar por aquellos caminos a los que concurren tus manos cada vez que te duchas, cuando enjabonas tu cuerpo y te recubres con una dichosa pulcritud que insulta a la rebeldía.



Me desplazo a la imaginación, para creer que estoy en el papel de una gota de agua, para tener justificación de acariciar tus poros, para excusar mi ligadura pasional a tu existencia. Sólo intento confiar en la posible saciedad virtual, de ver nuestros cuerpos desnudos, y que uno, al contemplar o vislumbrar al otro, se empañe en gusto y experiencia.



Me siento tan raro escribiéndote estas cosas, pero de nuevo, luzco este pensamiento que ronda por mi cabeza, quiero tenerte en frente, y besarte sin omitir comprensión alguna, sin desbastar la idea de revivir en tu respiración.



¿Y sabés una cosa?, tengo una fantasía, me gustaría ducharme en compañía tuya, y darte un abrazo correspondido.



Bueno, espero haber escrito una mínima parte de mis ideas. Considero que vernos prontamente, sería algo maravilloso,para abrazarte y practicar esos besos de trompeta.



Y como siempre, ¡Gracias!



Joseh Ace.

martes, 24 de agosto de 2010

Vulgaridad y pasión en brazos de un supuesto



Mientras repartía mi reminiscencia entre lo lógico y displicente de mis agrietados labios, cortejaba una melancólica difusión de llanto acaudalado, cómplice de una leve y sincrónica discrepancia. No dudo de mis profanados poros faciales, sólo discuto la crítica soledad de mis pestañas; me retraigo en lo que fui y en lo que tuve, en esas formas tan marcadas, en ese luminoso y tonificado abdomen que corresponde a místicas suturas de un muñeco viejo y maltratado.



Resulta ser relevante, decorosa e intrépida esta fechoría, no logro traducir o explicar la simbología utilizada en el encuentro corporal de esta imagen, que se muestra en el espejo con gran definición, es una vulgar mentira a lo que por naturaleza y por citológicas razones corresponde a la realidad. El idealismo virtual y conductista, no entra en mis clínicas listas de rezago.



La prevalencia dicotómica en los cordones de este tamal mal envuelto, trasluce, en ataduras de orden filosófico y capitalista, eufonías sísmicas de presunción alegórica y porqué no, retórica. En función de los placeres de la carne, lo mortal y finito de estas sucias revelaciones; el camuflaje es tan burdo, que someramente se desvanece entre la breve rigidez de mis pómulos. Una hegemonía complaciente e insatisfecha, que entre mis travesías más cercanas, se muestra como una excitante divulgación de gustos compartidos. En retrospección, no concluyo un paradigma prominente y reservado, sólo destrozo la clara síntesis que tuvo desde el inicio, pues, las ideas en preposición de su fáctica verdad, prevalecen efímeramente sobre las sombras de un cuerpo tributario.



Mis elocuentes y persuasivas palabras, le han generado agrado y curiosidad (lo cual es el propósito más trascendente de mis intervenciones, un conveniente efecto en mi dialéctica) le han despertado necesidades circunspectas, sombrías declaraciones de apego y apoplejía por un cuerpo intelectualizado y bien maquinado. He dimensionado lo ocurrido, construyo y reproduzco las imágenes de ese breve transitar por las oscuras calles de una ciudad desinformada e ignorante a mis gustos. Un viaje de casi tres horas, en las cuales, me concentraste y nivelaste al armónico susurrar de tus labios, tan pequeños y finos, tan ágiles y delicados, inspiradores dentro de un hueco social, donde solamente se respira hipocresía.


* * *


Eres el supuesto más atractivo en mi relativa existencia, te postulo como el emitente recuerdo de una persona racionalmente discreta, imprevista en las bélicas afirmaciones de la inverosímil virtud de mi lengua; resultas ser el suicidio de mis prematuras contradicciones, y el interlocutor que fomenta una exploración a mis componentes, de rasgos sólidos y entusiastas.



Una sonrisa sorprende mi frío y acelerado palpitar, desde que subí al auto, no he logrado detener las insinuaciones que como dardos certeros, afectan mi lúcida conducta, la dualidad de mi ser, está empañada de tus ingeniosas calificaciones burlonas. Noto soberanía entre las reflexión de tus seductoras mejillas, una lógica disyunción en los arrebatos de una figura tan admirada y cualitativa.



Me atacas con bromas, donde sólo atiendo a tu tono de vos, donde aún estando en medio de un sinnúmero de distracciones, reorganizo y manipulo cada sinapsis, para afanarme y fundirme en las inciertas conspiraciones de tus constructos, para intentar sofocar mis miedos y restricciones, y controversialmente, incapacitar mis límites para describirte con anhelo en las ausencias de mi ética.



Tomas mi mano, reconfortas la depresiva imagen de mis venas, acaricias con sigilo y prudencia, respondiendo a una sugerencia colectiva, progresiva, compartida, bastada de cometidos individuales y penitencias gástricas, un orgasmo pasivo, alejado de los planteamientos genéricos y ridículos, que sólo prevalecen en la envidia e intolerancia de los paganos.



En lo abstractivo de mis pensamientos, aplaudo y remanso un grito de alegría, cuando te desprendes de tu posición y me abarcas con un beso tan bien plantado, tan consistente y placentero, que recaigo en lagunas de odio y sospechas, por privarme de cosas tan únicas como tus besos.

sábado, 14 de agosto de 2010

Sobre mi butaca, he descubierto que soy infiel


No me odies, pero, comprende que soy una bestia incontenible, me he fijado en tus andares para componer danzas de alegrías que no se dejan ver, le temo al frío de mis suaves y melancólicas lágrimas; tan temprano doy reversas a mis palabras, tan pronto vomito y vacío los bultos de afirmaciones que pretendí usar para enamorarme. La forma en la cual me expreso, suena patética, aún recuerdo que tenía un alma, un paisaje de coherentes y revestidos caballitos con alas.



Soy impredecible y restringido, repartido en mescolanzas pegajosas, en mi vida ya no hay libertad, soy un espectador del amor, una bocanada de tierra en los ojos de un histérico; al escuchar tu voz, me voy sintiendo tan agotado, eres como el sol, que no se puede percibir, pero que puede quemar las arrugadas capas de mi cabello. No te he sido infiel, he maquillado mis gustos y también he discutido con mis ideales, le mentí a mi rostro, la concepción de este mundo no me es suficiente, no me quiero adaptar, no quiero profundizar, y allí recae mi dialéctica, aunque este pedazo de carne te lo niega, ahora mi boca te llama, proclamando un suplir de condolecías, mi argumento desvaría en lo muy a fondo que me hiciste llegar, no hay obscuridad, pero es enredado competir contra mis famosas depresiones.



Se hará la voluntad de mi paciencia, la pasión no logró mantener un constante rebote en el movimiento complaciente e involuntario de mi corazón, la bilis se carcajeó y perturbó el excéntrico retumbar de mi garganta, un garguero flojo y desmedido. Cómo me gustaría decir que no he planeado una despedida, dije que te amaba, pero el amar, no es admitido entre las difíciles repulsiones de mis sentidos.



Soy un inocente y corpulento rastrojo de rapiña, no morderé la mano que me alimenta, pero tampoco la besaré, y como si fuera la contraparte de esta moneda oxidada, me deslizo y derrumbo el logaritmo de estrellas que firmé al besarnos. No sé donde, pero encontraré de nuevo una excusa diferente y otra estrofa de guiños fraccionados para alucinar en pro de mi despavorida psicosis. Una tormenta que me miente y me despierta, un aplaudir de locuras críticas y sinfónicas, un delito pasajero, mientras desnudo el interés de saber la magnitud de mis actos.



Me preguntarás el porqué de esta despedida, pues, te diré que no soy capaz de asumir y encarnar los pasos y recomendaciones que veo en este guión, no actuaré en esta hermosa obra, pertenezco a la corriente comercial y ética de mi presente. Me encierro en los cuentos que canté para olvidarte, el silencio se acomoda y me hace compañía, mi vida parásita no soportará convivir una realidad que no es mía, controversialmente, los límites son ligaduras a un titiritero acostumbrado al olor de mi pobre existencia.



Quisiera causarme dolor, marcar mi cuerpo, extraer de mis venas el material para construir una obra de arte, a veces desearía tomar mi sangre, y vaciarla sobre mi rostro, vivir en la agonía de tu angustiosa espera; ya te he pedido perdón, y no es suficiente, tendría que morir diez mil veces, y renacer en una mosca, revolotear y posarme por toda tu cocina, repartir mis versos por las inmediaciones de tu cuerpo, lubricar mis patas con el néctar de la saliva enzimática que se escapa de tu boca y sollozar tras la precisión de tus palmadas.



Voy a extrañarte para siempre, pensarte y retorcerme de la ansiedad, he sabido lo duro que mi recuerdo retumba entre tus místicas ideas, me tenías como una pieza esencial en el desarrollo de tu vida, voy a extrañarte para siempre, viviré consciente de mis errores y desacuerdos. Lloraré mi ingratitud, lo pagaré con la soledad subjetiva, y la admiración a un castigo prematuro, sé que lo mejor es que olvides mis labios, que hoy, están secos y tatuados con el manual normativo de mis pretensiones.



Volverás a enamorarte de un hombre que sea lo suficientemente coherente para apreciarte, el interés físico y anímico por el cual me dejé llevar, no es la mejor ruta para corresponderte, cada palabra me parece absurda, pero aún así, siento que debo decirlo, no hay defecto en tus contrastes, me alejo por la simple razón de vivir una historia pérfida y asimétrica a mis insinuaciones familiares.

martes, 3 de agosto de 2010

Las pendejadas de un marica bien vago


No creo que sea difícil, pero a veces sospecho que soy tan torpe, tan endeble o cooperativo, me redimo al vientre coagulado de mis sueños; entiendo completamente que no solamente soy un hombrecillo que expide gases, líquidos u olores particulares, también recurro al gentil contrato de razón que conllevo con la naturaleza, me comprometí con el pálido y poco lucrativo color de mis intimidades varoniles, para intentar sacar provecho de estas, formas talladas con una sutil geometría. En las noches, me muestro con otro nombre y otro cuerpo diferente, modificando mi tono de voz, haciéndome un personaje más atractivo, más interesante, dominante en las artes persuasivas, capaz de provocarle ansiedad a las largas y rojas lenguas de mis compaginados nocturnos, tentarlos a favor de mi exquisita postura, reprimirles el gusto y condicionarlos a una excepcional apetencia; soy mi único rival, y sé que volveré a perder, no respondo a las reclinadas demandas de placer que exigen mis corresponsales noctívagos, en delito de rebuznar melancólicas solicitudes de suspensión inmediata a estas sofocantes fechorías. Cuando cae la noche, me preparo para mi trabajo, un acto dispendioso, el cual concluye cuando me poso frente al espejo y beso a mi antigua figura, le coqueteo a mi cuerpo desnudo y reparo en mis cualidades escondidas.


Como un hombre del común, así soy recibido en el bar, pago el cover como cualquiera, pero a la hora de ubicarme en el local, atropello cualquier posibilidad de indiferencia y estratégicamente invado una de las mesas que se encuentran junto a las pista de baile, un cuadrilátero estrecho, pero en discusión, éste es una herramienta apropiada para concluir con mi tarea, no me limito al qué dirán, no concibo malversas a las voracidades caprichosas de los individuos que ingresan al bar, su antojo de placer es casi tan pesado como el olor a licor que ronda por el lugar. Hombres y mujeres atienden a los clientes que desde su entrada, se mostraban arrechos y desbocados, un mesero se acerca y me satura de cuestionamientos y prevenciones, cómo qué clase de licor deseo beber, o si estoy esperando a que llegue otra persona; no demoro en contestar, y este mesero, se aleja con el objetivo de traerme una botella de licor, dos copas, y un poco de limonada, veo rodar y rodar la expresivas ambiciones de los transeúntes del sitio, repartiendo en el aire voces y zapateos, mi razón libre de piedad, no se asusta de lo correcto o incorrecto que se escucha desde las calles vacías. Al quemarse en el cielo la luz de la luna, se descongelan mis cuerdas vocales dando inicio a mi travesía, una manera mística de ganarme la vida, con métodos poco recomendados, pero, ¿eso a quién le importa?, en el día me escucho ronco al expresarme, pero en la noche, como un fruto bañado en miel, así me reconocen los otros, con un cuero más limpio, frágil y modestamente gustoso.


En el silencio intelectual de la pista de baile, sólo se acredita el estruendo dictador de una melodía poco agraciada pero muy perseguida, veo cómo estas parejas levantando sus cabezas se contonean y regurgitan como peces desahuciados para poder respirar un aire menos penetrante y sudoroso, para revisar a quienes los rodean y para elegir a quién le aplicaran su encantadora sonrisa. Detenida y oportunamente reorganizo todo mi vestir, y me encamino a fascinar a los otros, que se convertirán en mis espectadores; considero que no puede ser pecado hacer lo que hago, hacerlo mal y fallar en mis cálculos, eso sí sería pecado.


Tengo aferrado a mis puños el valor de mis ideales, la majestuosidad de mis ilusiones, y en el estremecer de mi garganta, poseo la rebeldía de una quimera desmesurada en las actitudes bíblicas de mis atenuadas fantasías. Reconsidero mis búsquedas, y me precipito hacia el baño, encontrando todo un enjambre de hombres aplicando su derecho a la excreción, me inclino sosteniéndome sobre el único lavamanos, vertiendo agua sobre mi rostro, y reportando la verdad de mis facciones, recopilo mi fresca imagen y empaño de alegría las pocas pestañas que se sostienen sobre mis ojos.


En el lugar hay tres orinales, pero opto por entrar al escusado, custodiado por una puerta enclenque, marchita en todas sus funciones. Aún debo esperar a que ingresen dos personas más, pues es una cordialidad respetar el turno, un hombre obeso me saluda, y sin esperar más me pregunta - ¿es la primera vez que venís? - a lo que yo respondo sonriendo – No, mis visitas a este establecimiento son muy frecuentes ¿oís? - y nuevamente pregunta entusiasmado - ¿De dónde eres? ¿Venís acompañado? - No doy respuesta a su primer interrogante, pero agrego – Estoy en busca de una buena compañía – y nuevamente sonrío; este sujeto se me acerca más y casi posándose sobre todo mi rostro, se sonríe, me mira con agrado y placer, escarba de entre su postura una mirada sexy, y me sede su turno, para que yo pueda ingresar y utilizar el retrete. Cuando salgo de cuartito donde está el retrete, no encuentro a mi potencial cliente; ese gordito se ha marchado, pero según mis deducciones, creo que hace parte de la nómina del lugar.


Renovado, y un poco más tranquilo he salido del baño, en la pista de baile me espera toda una lista de posibles parroquianos interesados en mis servicios, no acostumbro a ofrecerme, y hoy no lo haré, dejaré que los consumidores se acerquen y cómo buenos comerciantes, detallen aquello que más les guste de toda esta mercancía, que por cierto, es de muy buena calidad.


Aún sabiendo que un trabajador como yo, debe complacer a sus usuarios, éstos, intrépidamente me preguntan - ¿Cuál es tu rol? - A lo que yo, de forma prematura e ingenuamente respondo – soy activo - Estos compradores me siguen observando y uno a uno, se acercan y después de un saludo comentan - Eh, pero vos con ese cuerpazo, me podés pedir lo que querás – Sonrío y continúo con la danza exhibicionista. Sin pasar más de 15 minutos bailando, siento como un hombre me acaricia la mano izquierda, rápidamente doy una media vuelta y sonrío, correspondiendo a sus insinuaciones, éste contempla mi sonrisa, y se pliega sobre mi oído, admitiendo estar gustoso de mis atributos, consintiendo que lo acompañe a pasar la noche y desvariar un rato con sus entusiastas cualidades.


Aprobando sus peticiones, y confesándole con mi mirada, que lo percibo sin repulsión o desagrado, accedo a su propuesta y califico con gran sublevación, el resultado que obtengo esta noche, al desarrollar mi tarea laboral.