
Andrés, un joven de 20 años, estudiante de múltiples asignaturas para completar un requisito y convertirse en psicólogo, de estatura promedio, cabello obscuro, ojos negros, labios rojos y delicados, y acompañando al color de sus ojos, se encuentra una mirada penetrante, intimidante, intrigante, y agresora al cruzarse con otras de menos categoría que ésta.
Este muchacho se despierta, se deslumbra con el frío amanecer de un viernes, se acopla en un sucio bostezar, y de nuevo, se descubre, se denuncia bajo la sedosa cobija que pregona su virtud y su derecho al sueño, el dormir cuanto sea necesario, después de una noche de vómito y reproches. Se acuesta boca abajo, para esconder la prominente y delatante erección de su pene; se concentra en los lamentos de un desquiciado y exhumado delincuente subjetivo. Este chico, con su silencioso rechinar, explica el porqué de su cólera enmascarada, el porqué de su tierna rebeldía, la causalidad de sus incandescentes arrebatos, y la taciturna refracción de su llanto solapado.
Como les pasa a algunos jóvenes de su edad, éste es presionado y estimulado por su madre, para que se levante con ánimos, con una descifrable empatía, y remonte la veracidad de sus coordinadas acciones cotidianas; para que imitando el sonido de un enjambre enfurecido, se cuestione y se limite a lavarse con agua y jabón, para que se acerque al armario, elija unas cuantas prendas de vestir, se disfrace y salga calladito, con el único objetivo de no perder la ruta que lo llevará hasta la universidad.
Con unos lentes estorbosos, Andrés, logra ubicar al busecillo que lo trasportará hasta su lugar de clases, son cinco minutos viciosos, son cinco marranitos donde se acostumbra a soportar el repulsivo y pestilente olor de su vecino y compañero de asiento. Sus pies son aporcados con el polvo que acompaña su crónica e impúdica indiferencia, este chico ocupa un espacio muy estrecho, mortificante para alguien que mide ciento ochenta y cinco centímetros (1,85cm), irritante para alguien que cree en la prevalencia de un pensamiento maquiavélico, vejatorio para un hombre de canales y tendencias poco ortodoxas.
El humillante vehículo ha llegado al semáforo, Andrés baja del traste, no dice ni adiós, ni gracias (…) Hace un gesto de repulsión, empuña sus manos, y atraviesa la calle sin percatarse de quién o qué, pueda estar necesitando la vía; como siempre lo hace, este joven camina en línea recta, con la mirada fija hacia el frente, un posible rasgo de un sujeto con trastorno disociativo.
Cuando Andrés ingresa a la universidad, se transforma, su cara parece alegre, su mirada evoca fascinación, su voz inspira placer y armonía. Podría decirse que la aptitud de este muchacho al interior de la academia, es claramente sofista y manipuladora, y por lo tanto, fingida.
Despliega sus manos para saludar a quién se entrometa en su camino, para quien requiera un poco de su celada seducción, seducción que resulta ser una máquina que succiona a los comunes intereses de estos impávidos seres que adornan al fracaso atmosférico.
Andrés está un poco depresivo, y el proselitismo de su lengua, no es suficiente para suprimir esta vaga realidad; se escuda en escuchar y remediar en forma relativa, las problemáticas de sus compañeros, cuando en realidad siente placer por sus desgracias, deriva tonadas de regodeo al conocer la típica y fatídica realidad de sus compañeros.
Desgarra cada astilla de vidrio que queda al interior de sus frenéticas perturbaciones, y sonríe, de una manera tan convincente, que deja afuera cualquier opción a sospechas por parte de sus compinches. Andrés es cómplice de su mortal excitación, de sus juegos patológicos, de sus ya discretos pensamientos. La acupuntura virtual, no es capaz de retener sus impulsos, Andrés se ha vuelto tolerante a sus propios tratamientos. ¿Cómo alguien con un C.I. tan alto, puedo estar tan agobiado y desdichado? ¿Cómo se logra remediar un daño que crece a diario y que acumula tantas desviaciones y referencias?
Las clases trascurrieron con un éxito normal, con una sobresaliente participación de este joven. Ahora, sólo hay posibilidad de regresar a casa, son casi las 8pm y está lloviendo, Andrés sale caminando en compañía de Juan y Martina; su compañero Juan, también está depresivo, pero como la mayoría de las personas, éste expresa abiertamente cada estado y cada etapa de su loca vivencia; Martina, entregada a su papel de fiel oyente, se limita a escuchar la charla de los dos hombres que la acompañan, pero estos dos hombres, Andrés y Juan, buscan una misma dirección, acabar por fin con su holocaustico retroceso.
Los jóvenes acuerdan caminar juntos hasta sus hogares, y dejar a un lado el viajecito en bus, evitar por completo el contacto con otros animales remitentes de desgano. La lluvia aumenta, y los carros pasan cada vez más seguido, la obscuridad se hace más profunda por efecto del agua, la mente de los dos hombres se nubla, y como dos entes telepáticos, agarran de los brazos a su compañera (Martina), y sin pensarlo dos veces, sin dar paso al debate entre consciente e inconsciente, se lanzan hacia la avenida, dando espacio, a la escena más deprimente de la noche, un atropello literal a la existencia corpórea de estos tres seres.
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