
No creo que sea difícil, pero a veces sospecho que soy tan torpe, tan endeble o cooperativo, me redimo al vientre coagulado de mis sueños; entiendo completamente que no solamente soy un hombrecillo que expide gases, líquidos u olores particulares, también recurro al gentil contrato de razón que conllevo con la naturaleza, me comprometí con el pálido y poco lucrativo color de mis intimidades varoniles, para intentar sacar provecho de estas, formas talladas con una sutil geometría. En las noches, me muestro con otro nombre y otro cuerpo diferente, modificando mi tono de voz, haciéndome un personaje más atractivo, más interesante, dominante en las artes persuasivas, capaz de provocarle ansiedad a las largas y rojas lenguas de mis compaginados nocturnos, tentarlos a favor de mi exquisita postura, reprimirles el gusto y condicionarlos a una excepcional apetencia; soy mi único rival, y sé que volveré a perder, no respondo a las reclinadas demandas de placer que exigen mis corresponsales noctívagos, en delito de rebuznar melancólicas solicitudes de suspensión inmediata a estas sofocantes fechorías. Cuando cae la noche, me preparo para mi trabajo, un acto dispendioso, el cual concluye cuando me poso frente al espejo y beso a mi antigua figura, le coqueteo a mi cuerpo desnudo y reparo en mis cualidades escondidas.
Como un hombre del común, así soy recibido en el bar, pago el cover como cualquiera, pero a la hora de ubicarme en el local, atropello cualquier posibilidad de indiferencia y estratégicamente invado una de las mesas que se encuentran junto a las pista de baile, un cuadrilátero estrecho, pero en discusión, éste es una herramienta apropiada para concluir con mi tarea, no me limito al qué dirán, no concibo malversas a las voracidades caprichosas de los individuos que ingresan al bar, su antojo de placer es casi tan pesado como el olor a licor que ronda por el lugar. Hombres y mujeres atienden a los clientes que desde su entrada, se mostraban arrechos y desbocados, un mesero se acerca y me satura de cuestionamientos y prevenciones, cómo qué clase de licor deseo beber, o si estoy esperando a que llegue otra persona; no demoro en contestar, y este mesero, se aleja con el objetivo de traerme una botella de licor, dos copas, y un poco de limonada, veo rodar y rodar la expresivas ambiciones de los transeúntes del sitio, repartiendo en el aire voces y zapateos, mi razón libre de piedad, no se asusta de lo correcto o incorrecto que se escucha desde las calles vacías. Al quemarse en el cielo la luz de la luna, se descongelan mis cuerdas vocales dando inicio a mi travesía, una manera mística de ganarme la vida, con métodos poco recomendados, pero, ¿eso a quién le importa?, en el día me escucho ronco al expresarme, pero en la noche, como un fruto bañado en miel, así me reconocen los otros, con un cuero más limpio, frágil y modestamente gustoso.
En el silencio intelectual de la pista de baile, sólo se acredita el estruendo dictador de una melodía poco agraciada pero muy perseguida, veo cómo estas parejas levantando sus cabezas se contonean y regurgitan como peces desahuciados para poder respirar un aire menos penetrante y sudoroso, para revisar a quienes los rodean y para elegir a quién le aplicaran su encantadora sonrisa. Detenida y oportunamente reorganizo todo mi vestir, y me encamino a fascinar a los otros, que se convertirán en mis espectadores; considero que no puede ser pecado hacer lo que hago, hacerlo mal y fallar en mis cálculos, eso sí sería pecado.
Tengo aferrado a mis puños el valor de mis ideales, la majestuosidad de mis ilusiones, y en el estremecer de mi garganta, poseo la rebeldía de una quimera desmesurada en las actitudes bíblicas de mis atenuadas fantasías. Reconsidero mis búsquedas, y me precipito hacia el baño, encontrando todo un enjambre de hombres aplicando su derecho a la excreción, me inclino sosteniéndome sobre el único lavamanos, vertiendo agua sobre mi rostro, y reportando la verdad de mis facciones, recopilo mi fresca imagen y empaño de alegría las pocas pestañas que se sostienen sobre mis ojos.
En el lugar hay tres orinales, pero opto por entrar al escusado, custodiado por una puerta enclenque, marchita en todas sus funciones. Aún debo esperar a que ingresen dos personas más, pues es una cordialidad respetar el turno, un hombre obeso me saluda, y sin esperar más me pregunta - ¿es la primera vez que venís? - a lo que yo respondo sonriendo – No, mis visitas a este establecimiento son muy frecuentes ¿oís? - y nuevamente pregunta entusiasmado - ¿De dónde eres? ¿Venís acompañado? - No doy respuesta a su primer interrogante, pero agrego – Estoy en busca de una buena compañía – y nuevamente sonrío; este sujeto se me acerca más y casi posándose sobre todo mi rostro, se sonríe, me mira con agrado y placer, escarba de entre su postura una mirada sexy, y me sede su turno, para que yo pueda ingresar y utilizar el retrete. Cuando salgo de cuartito donde está el retrete, no encuentro a mi potencial cliente; ese gordito se ha marchado, pero según mis deducciones, creo que hace parte de la nómina del lugar.
Renovado, y un poco más tranquilo he salido del baño, en la pista de baile me espera toda una lista de posibles parroquianos interesados en mis servicios, no acostumbro a ofrecerme, y hoy no lo haré, dejaré que los consumidores se acerquen y cómo buenos comerciantes, detallen aquello que más les guste de toda esta mercancía, que por cierto, es de muy buena calidad.
Aún sabiendo que un trabajador como yo, debe complacer a sus usuarios, éstos, intrépidamente me preguntan - ¿Cuál es tu rol? - A lo que yo, de forma prematura e ingenuamente respondo – soy activo - Estos compradores me siguen observando y uno a uno, se acercan y después de un saludo comentan - Eh, pero vos con ese cuerpazo, me podés pedir lo que querás – Sonrío y continúo con la danza exhibicionista. Sin pasar más de 15 minutos bailando, siento como un hombre me acaricia la mano izquierda, rápidamente doy una media vuelta y sonrío, correspondiendo a sus insinuaciones, éste contempla mi sonrisa, y se pliega sobre mi oído, admitiendo estar gustoso de mis atributos, consintiendo que lo acompañe a pasar la noche y desvariar un rato con sus entusiastas cualidades.
Aprobando sus peticiones, y confesándole con mi mirada, que lo percibo sin repulsión o desagrado, accedo a su propuesta y califico con gran sublevación, el resultado que obtengo esta noche, al desarrollar mi tarea laboral.
wwaoo, muy bien, veo que este texto está muy conectado a la vida real, y es algo en el cual, no somos indiferentes, es algo que parece ser muy verídico. Haz escrito una historia muy interesante...
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