
Y así, cuándo restrinjo a mis manos de los fríos lengüetazos del viento, las escondo dentro de los bolsillos de mi saco, calentando y recordando (…) Manteniendo ideas y revelaciones acechantes y burlescas. Con los oídos taponados de rítmicas melodías, cantos que asocio con un baile de aeróbicos, con movimientos bruscos, dejando en aislamiento a cualquier posibilidad de recato; dos audífonos que revierten energía, que trasportan sensaciones y cúmulos de historias.
En mi caminata nocturna, avisto a dos mujeres, que recostadas en un portón algo oxidado, se complacen afirmando cuentos y conferencias de personajes ajenos a sus contactos matutinos, relatando en tono displicente las andanzas y actualidades de sus allegados más desconocidos; hasta ese entonces yo sólo criticaba la sañosa y corrupta interlocución de esas dos damas, pero se alebrestaron en alegatos y carcajadas, exponiendo el caso de un suicidio, del cual, su protagonista hacía referencia a un joven de 17 años, estudiante de décimo grado; quedé perplejo, atónito, anonadado con tan portentosa noticia, cortesía de dos megáfonos de porte humano (jajaja).
Preguntas, preguntas y más preguntas se desprendieron de los conductos de mi mente, y seguido a eso, una intensa picazón acorraló a mi descubierta cabellera, marchitando la somnolienta inflexibilidad de mis párpados. Me desdoblo en corrientes de horror y de tristeza, de satisfacción y desconsuelo, de hedonismo y eufemismo, un desboque acompañado del lúcidos encantamientos de temor.
Una sincera perífrasis es el residuo de mis satíricos disimulos, una socarronería es la única desigualdad que escapó de mi perforada continuidad, y los sacos de ociosidades carbonadas, relatan la cruel y cínica sublevación de mis intereses ególatras. La circunlocución de mis pensamientos es tan limitante, tan “x”, tan extraña, porqué no puedo decir las cosas con menos rodeos, con menos trabas, con menos retrasos y obstáculos para su interpretación.
Es como una marca, una señal, un teorema penetrante y radical; sólo busco relajarme y concentrarme en responder de manera espontanea a los cuestionamientos del modelo actual, recapitular lo acontecido con aquel muchacho, que ahora vive únicamente en el recuerdo de quienes lo conocieron. Se supone que soy el aprendiz del mejor investigador de la ciudad, un señuelo ignorante, un vínculo entre la perseverancia y el talento, soy un solitario inmejorable, el extraño escepticismo a la exclusividad, o como dirían por ahí, soy el original descaro de las representativas ambiciones de mi maestro.
En lo personal, y desde el método abductivo, estoy cagado en la ignorancia, desvarío con cada palabra (…) Y mi más fiel y cercano cómplice, es este saco mal oliente, mojado con las gotas resultantes del que hasta ahora reconozco como el único castigo benéfico. Estoy permeado de irregularidad y continencia, de animadversión y regocijo, contraste de holocausticos engaños.
El distintivo reflujo de mis atípicos síntomas, no son capaces de revertir las prematuras represiones que demarcaban mi próspero palpitar, ahora me cuestiono sobre mi papel, mis orígenes y mis logros ideales. Debo estudiar y considerar una síntesis al caso del suicidio precoz y conflictivo de ese muchacho. Concentro mis capacidades en lineamientos fantasiosos, para así, poder despertar ese don oculto que se deposita en las limitaciones de mi cuerpo.
Desvío mi rumbo, y me dirijo directamente hacia el velorio del joven ya mencionado, con mi lento caminar demoro eternidades en llegar hasta el lugar de mi memorable actuación. El lugar está repleto de jóvenes, ancianos, etc., todo un caudal de estatus, y categorías de estilo y recato. Antes de ingresar, respiro profundamente y proclamo un breve rezo para mi maestro; ser el neófito más sobresaliente entre el colectivo de necrófagos es una responsabilidad demasiado exigente, se requiere de un alto conocimiento en bestialidades y además, gran habilidad para esterilizar los sólidos componentes de la mente humana.
Tal y como me enseñó mi maestro, despido un gas tóxico e incoloro, un instrumento que he perfeccionado por varias décadas, una herramienta que guardo en el fondo de mis bolsillos remendados. Inmediatamente después de expulsar mi tan agraciado gas, las personas se contraen y se alimentan del sueño que se esconde en la suciedad del suelo. Me acerco al ataúd, a ese cajón simple y mal tallado, me recuesto sobre el cadáver, y próximo a su rostro, aplico una mordida en sus labios para poder extraer la verdad de sus impulsos suicidas, encontrando que este muchacho obedeció al mandato monarca de su cruel consciente religioso, su carga moral fue tan hostigante, que lo redujo a míseros pecados de inadmisible coherencia; este joven se contorsionó entre la perversa psicopatía de su ídolo, de su yo ideal, su sacerdote.
Un hombre afiliado y entregado al celibato, fue capaz de manchar la inocencia de un ciudadano vulnerable, se aprovechó de su sotana para remediar sus ganas de un pedacito, sus deseos de otro pedacito y sus frustraciones por otro pedacito. Mal patriota, que se reverdece al contaminar y corromper la ingenuidad de sus servidores.
Me desanimo de succionar la sangre de este muchacho o de masticar sus carnes, pues está fumigado con aberraciones de un idólatra irreverente, sus cabellos y sus tonalidades están malditas, pues ha sido acariciado por un gorgojo petulante y desgraciado. Lástima, me hubiese gustado saborear la juventud que se contempla en la ternura de su piel, ahora me limitaré a vengar el envenenamiento de mi alimento, descansaré condimentando a ese padrecito de quinta.
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