Nuestras particularidades íntimas son la imagen desnuda del elocuente prestigio del ser como individuo pálido e insatisfecho. ¿?...un capricho necesario, trágico…Pero cómodo.




jueves, 24 de junio de 2010

Epifanía en Desconcierto


Este apestoso cuerpo, nunca se preocupa por las condiciones del camino por el cual transita, ni se imagina lo doloroso que resulta todo su estruendoso movimiento para mí; va por esta superficie desabrida, fría y contaminada con el vómito de algún perro enfermo de su triste tragadero. Cómo concibe relajar sus músculos en esa posición tan absurda, estúpido, cree que al estar cómodo, contribuye favorablemente a su salud, cuando lo único que hace es declinar el valor estético de sus frágiles extremidades, así como ingratamente se revuelca por cualquier basurero que encuentra, ni se imagina que yo, su crónica compañera, siempre en la Luz, siempre dependiente de estos destellos, complaciente de nacer tras una revelación de fotones, me degrado, siento y percibo, la roñosa y casposa desventura de vivir sumergida en la crítica soledad de tu presencia. Distingo entre lo real complaciente, y eso virtual efímero que se desprende a cada segundo de tu retrasada e híspida piel, vacía de circunspección, floja y poco afable en consideraciones prematuras que deberían estar ligadas a constructos y actos propios de mi mejor aliado, el inconsciente, el rey de los deseos frívolos y cálidos, el mejor exponente de lo insospechado, de lo inmediato, el precursor del flujo torrencial de alegría espontánea, lo libido, una tónica fragancia, que alimenta la falsa verdad a la cual ya estás acostumbrado, tan limitado, tan inocente y tímido, crudo entre las costuras de la manta que al morir cubrirá tu cadáver.


En el día y la luz, yo soy la sombra, y tú, eres el cuerpo flexible y rígido, tangible y aún más visible, detallado, criticado, saturado de colores y texturas; es un logro poseer tantas cualidades y facultades, pero, sería aún mejor, si supieras erradicar la ignorancia, poder asimilar las señales indescifrables que la dominación de lo tosco no deja que comprendas. Es sencillo explicar el valor de mi existencia, pero pretendo sólo compartir las acciones en lo obscuro, en lo cruel y vagamente pacífico de la noche, sosegada y por tanto sospechosa, misteriosa, sigilosa, reservada y discreta, así como yo lo he sido, toda una fiesta secreta e inexpresiva.


Me deleito al fundirme contigo, cuando hay carencia de luz, cuando renuncias a lo evidente, y das espacio para la cautelosa y descomedida acción de tus irreverentes apetitos, codicias, voracidades que se replican en un afán insatisfecho, necesario, humectado de intereses egoístas, un frenesí que me inspira, me libera, me despierta en tu mundo, me acaricia, me moldea, un brusco masaje, una maniobra tan pulcra y pulida, casi como el fino movimiento de una madre al sostener a su hijo, Una hembra criando a su cachorro.


* * *


Estamos en esta azotea, donde disfrutas embriagando tu mirada, las estrellas no son muchas, la obscuridad es dominante, te absorbe, me permite poseerte, puedo sentir, lo que has y sigues sintiendo, cada activación de tus canales nerviosos, cada recepción del viento. Te aborrezco, pero, lo hago para camuflar y evitar aceptar la envidia que me genera saber que posees el cuerpo, y yo sólo soy tu sombra, una lámina que siempre será obscura, teñida por el carbón del infierno, magnificada en lo despectivo del sujeto, una caracha que lubrica tu caminar.


Ahora, estamos recostados, pertenecientes el uno al otro, la humildad de tu respirar me genera simpatía, descubro que eres tan tierno y pasivo, tan elocuente y atractivo, tan delicado y bien tallado, una verdadera creación divina, carne armoniosa, vestigios estructurados, tonalidades caudalosas, un componente tan necesario entre el paisaje de la noche, un accesorio de la naturaleza, que reconforta la belleza de los sonidos melódicos, propios de una infinidad de artistas a la cual te has expuesto, ya no hay espacio para mi cinismo, contemplo el palpitar de tu corazón y me cohíbo de vomitar, limito estas nauseas, generadas tras saber lo cruel e indecorosa que soy, tu sombra, yo, debería ser tu más grande aliada, una inelegante compañía, vestida siempre para el placer y el sufrimiento, la cordura y la locura, vestida en descaro para la muerte, una hermana lejana, a la cual detesto, por ser quien te alejará de mí, y te comprimirá en una esencia que titulará “alma”, una contraparte que posee intelecto y control, ese extremo del cuchillo que decidirás tomar, para que en vanguardia de tus ideales, de lo moral y lo bueno, no decores con sangre el historial de tus vivencias.


Desprendes lágrimas, tan puras e irregulares, un contraste entre perfección y desacierto, un vínculo que dilata mis pasiones, apertura de mis francas miserias, una incitación que me lanza hacia la reflexión, hacia la verdad y el desconsuelo, una mezquina resucitación de los breves artículos que escribiste para definirme, me duele el contexto en el cual he sido valorada, tan aparente, tan desabrida, soy tan injusta, pero acertada, una elongación severa, entre las festividades de tus ganancias digestivas y el baile de tu cabello al retomar su posición, tras una pequeña caricia.


Tu esposa se acerca, otra historia entre la sombra y el cuerpo, entre la razón y el argumento. Pero si me equivoco, sólo exclamaré un regateo, una justificación de mis frenesíes. Cuando ella encienda la luz, todo acabará, me desprenderé como el fruto del árbol, como tus lágrimas, como tus palabras, pero con la viva esperanza de retornar y complacerme al construirte como mi espacio, mi centro y mi origen.


Texto dedicado a Grandes amigos

Hábiles mortales, que desbordan intelecto

y reorganizan lo relativo y lo exacto.

lunes, 14 de junio de 2010

Me Duele el Vientre, Me Castraste el Alma ¡Pendejo!


Cuando me dejaste aislada, en esa carretera carcomida por el peso de las tractomulas, me redujiste hasta lo más frágil y articulado, tan endeble que sólo contenía el llanto porque estaba deshidratada, maldito perro, me contagiaste de insensatez, acariciaste mi rostro y después me lo deformaste con tus babas de lobo, tus dientes oxidados y tu mantecosa sonrisa, de nada vale que poseas unos ojos tan hermosos, claros como el mar de la costa norte; me condicionaste a tu codicia, cómo fui capaz de acceder a tus pretensiones carnales, porqué consumiste la alegría de mi cuerpo y posteriormente me desechaste como un condón masturbado. Ahora camino, siento mucho dolor, has sido el primero, te valiste de mi inocencia y cosechaste de mi piel el sabor de la juventud virgen, pulcra de manoseos y perversiones, desbordaste tu deseo, me saturaste de fluidos y sensaciones, arrebataste la posibilidad de sentirme correspondida, sólo puedo recordar esos gemidos propios de un animal como tú, tan dominante e ignorante, tan ágil y torpe, tan fuerte y tan vulnerable, chandoso de mierda.


Despertaste en mis objetivos la necesidad de poseer otros cuerpos masculinos, dominarlos, humillarlos, adsorber lo coherente de sus tránsitos velludos, desterrar la exasperada rigidez que dejaste en mis fragmentos íntimos, sumergir a otros en la traspiración de mis extremidades, seducirlos y convertirme en clímax de sus más anhelosas fantasías, ideaciones puntuales difíciles de alcanzar, ser su todo en la nada de lo libido.


Adicional a las rasgaduras internas de mis órganos sexuales, limitaste la prudencia del maquillaje, no puedo disimular la quebrantada imagen de vagabunda que a golpes tuve que adoptar, con una blusa que sólo cubre uno de mis pechos, esta falda manchada, marcada con el desarrollo de tu precoz eyaculación, y descalza, moliendo la superficie de mis pies; el cabello alborotado, como el de una muñeca en el basurero, y aún me pregunto, cuánta energía ejerciste para que con sólo un tirón, profanaras la trenza que mi madre construyó con estos pelos, que ahora cuelgan sin armonía sobre mi cabeza.


Voy con el alma ronca de tanto maldecirte, ni te pregunté el nombre, soy culpable en gran parte, no te conocí, sólo presencié la desaforada capitulación en la cual dividiste el acto, el miembro marchito que cuelga de entre tus piernas, tus cuarenta años, que se evidencian en los pálidos filamentos que aún se encuentran prendidos a tu cuero cabelludo, y la fétida acumulación de olores que se desprenden de cada poro de ese cuerpo narcisista.


* * *


Trastornada me contoneo sobre el asfalto, no he perdido mi encanto Caleño, creo que es una fortuna poder aún mantenerme de pié y más aún, extender mis piernas para dar pasos cada vez más ligeros; levanto los brazos e inicio la placentera recepción de cada gota de agua que se desprende del obscuro cielo, con esto calmaré mi sed, y lavaré mi cuerpo, estos ruidosos huesos que gracias a Dios, aún mantienen su posición original. Contribuyo en adornar los sonidos de la corriente y melancólica noche, con este llanto que ahora exteriorizo, ya he hidratado esta carne, ya puedo gritar y mantener extensamente mi llanto para limpiar mis mejillas, de esa saliva pegajosa y mal oliente, de las palabras ofensivas que me decía al oído, y así poder excitarse más y más, para mantener la crítica erección de su pedacito, apretando y magullando las hendiduras de mi espalda baja, invocando un gimoteo de placer, una agitación compartida, pues ya casi ni me dejaba respirar, seguido a eso, reclamó con su lengua la calmada y rígida superficie de mi vientre, mordedura tras mordedura, plasmó en casi todo mi cuerpo, ese color rojo, una acumulación de sangre, tras el atrevido destierro de encanto sobre este cuero baboseado.


Algo está mal, me duele el vientre, el pecho (…) Me siento ahogada, ya no distingo el camino, no controlo mis pasos, he perdido el equilibrio, he partido hacia la locura, me he cubierto con una cálida y vieja capa, es la vestidura de la muerte, ya no llueve, ya no respiro, dichosa respeto la voluntad de esta criatura sin ojos, pero que aún así, me observa sin poder hacerlo, me guía sin haber una ruta, me llama hacia una dirección que ni ese espectro reconoce, me besa, me contempla aún sin saber quién soy, me invita con recelo hacia la irregularidad de sus acciones, se extiende revelando su meta, mi meta, la meta de su profesión, contener en su esencia este odio del cual estoy rebosada, hará lo mismo, me consumirá y después me desechará, sólo que no de forma igual, pues no tiene boca, no expulsa babas, no huele, y lo mejor, ya no soy capaz de sentir, ya no percibo, hago parte de una mentira, ya no existo, acá me comprimo, acá me consumo.