
Este apestoso cuerpo, nunca se preocupa por las condiciones del camino por el cual transita, ni se imagina lo doloroso que resulta todo su estruendoso movimiento para mí; va por esta superficie desabrida, fría y contaminada con el vómito de algún perro enfermo de su triste tragadero. Cómo concibe relajar sus músculos en esa posición tan absurda, estúpido, cree que al estar cómodo, contribuye favorablemente a su salud, cuando lo único que hace es declinar el valor estético de sus frágiles extremidades, así como ingratamente se revuelca por cualquier basurero que encuentra, ni se imagina que yo, su crónica compañera, siempre en la Luz, siempre dependiente de estos destellos, complaciente de nacer tras una revelación de fotones, me degrado, siento y percibo, la roñosa y casposa desventura de vivir sumergida en la crítica soledad de tu presencia. Distingo entre lo real complaciente, y eso virtual efímero que se desprende a cada segundo de tu retrasada e híspida piel, vacía de circunspección, floja y poco afable en consideraciones prematuras que deberían estar ligadas a constructos y actos propios de mi mejor aliado, el inconsciente, el rey de los deseos frívolos y cálidos, el mejor exponente de lo insospechado, de lo inmediato, el precursor del flujo torrencial de alegría espontánea, lo libido, una tónica fragancia, que alimenta la falsa verdad a la cual ya estás acostumbrado, tan limitado, tan inocente y tímido, crudo entre las costuras de la manta que al morir cubrirá tu cadáver.
En el día y la luz, yo soy la sombra, y tú, eres el cuerpo flexible y rígido, tangible y aún más visible, detallado, criticado, saturado de colores y texturas; es un logro poseer tantas cualidades y facultades, pero, sería aún mejor, si supieras erradicar la ignorancia, poder asimilar las señales indescifrables que la dominación de lo tosco no deja que comprendas. Es sencillo explicar el valor de mi existencia, pero pretendo sólo compartir las acciones en lo obscuro, en lo cruel y vagamente pacífico de la noche, sosegada y por tanto sospechosa, misteriosa, sigilosa, reservada y discreta, así como yo lo he sido, toda una fiesta secreta e inexpresiva.
Me deleito al fundirme contigo, cuando hay carencia de luz, cuando renuncias a lo evidente, y das espacio para la cautelosa y descomedida acción de tus irreverentes apetitos, codicias, voracidades que se replican en un afán insatisfecho, necesario, humectado de intereses egoístas, un frenesí que me inspira, me libera, me despierta en tu mundo, me acaricia, me moldea, un brusco masaje, una maniobra tan pulcra y pulida, casi como el fino movimiento de una madre al sostener a su hijo, Una hembra criando a su cachorro.
Estamos en esta azotea, donde disfrutas embriagando tu mirada, las estrellas no son muchas, la obscuridad es dominante, te absorbe, me permite poseerte, puedo sentir, lo que has y sigues sintiendo, cada activación de tus canales nerviosos, cada recepción del viento. Te aborrezco, pero, lo hago para camuflar y evitar aceptar la envidia que me genera saber que posees el cuerpo, y yo sólo soy tu sombra, una lámina que siempre será obscura, teñida por el carbón del infierno, magnificada en lo despectivo del sujeto, una caracha que lubrica tu caminar.
Ahora, estamos recostados, pertenecientes el uno al otro, la humildad de tu respirar me genera simpatía, descubro que eres tan tierno y pasivo, tan elocuente y atractivo, tan delicado y bien tallado, una verdadera creación divina, carne armoniosa, vestigios estructurados, tonalidades caudalosas, un componente tan necesario entre el paisaje de la noche, un accesorio de la naturaleza, que reconforta la belleza de los sonidos melódicos, propios de una infinidad de artistas a la cual te has expuesto, ya no hay espacio para mi cinismo, contemplo el palpitar de tu corazón y me cohíbo de vomitar, limito estas nauseas, generadas tras saber lo cruel e indecorosa que soy, tu sombra, yo, debería ser tu más grande aliada, una inelegante compañía, vestida siempre para el placer y el sufrimiento, la cordura y la locura, vestida en descaro para la muerte, una hermana lejana, a la cual detesto, por ser quien te alejará de mí, y te comprimirá en una esencia que titulará “alma”, una contraparte que posee intelecto y control, ese extremo del cuchillo que decidirás tomar, para que en vanguardia de tus ideales, de lo moral y lo bueno, no decores con sangre el historial de tus vivencias.
Desprendes lágrimas, tan puras e irregulares, un contraste entre perfección y desacierto, un vínculo que dilata mis pasiones, apertura de mis francas miserias, una incitación que me lanza hacia la reflexión, hacia la verdad y el desconsuelo, una mezquina resucitación de los breves artículos que escribiste para definirme, me duele el contexto en el cual he sido valorada, tan aparente, tan desabrida, soy tan injusta, pero acertada, una elongación severa, entre las festividades de tus ganancias digestivas y el baile de tu cabello al retomar su posición, tras una pequeña caricia.
Tu esposa se acerca, otra historia entre la sombra y el cuerpo, entre la razón y el argumento. Pero si me equivoco, sólo exclamaré un regateo, una justificación de mis frenesíes. Cuando ella encienda la luz, todo acabará, me desprenderé como el fruto del árbol, como tus lágrimas, como tus palabras, pero con la viva esperanza de retornar y complacerme al construirte como mi espacio, mi centro y mi origen.
Texto dedicado a Grandes amigos
Hábiles mortales, que desbordan intelecto
y reorganizan lo relativo y lo exacto.
