Nuestras particularidades íntimas son la imagen desnuda del elocuente prestigio del ser como individuo pálido e insatisfecho. ¿?...un capricho necesario, trágico…Pero cómodo.




domingo, 27 de febrero de 2011

Para mí, la muerte con hielo y sin azúcar… Por favor


Ya no habrá amanecer, nada iluminará la delicadeza de mis párpados…


Huiré sin haber cumplido mi ciclo, me autoexpulsaré para no asumir lo poco que me queda por vivir, me vendaré con una realidad indescifrable, con hechos oscuros y malignos. En estos últimos momentos de vida y de aparente cordura, todo lo veo al revés, cómo si todo estuviese cubierto por sábanas de horribles colores, como si todos se rieran de dolor, como si las ventanas lloraran, como si yo solamente fuese un espectro más que se balancea entre las estrechas fronteras de un andén concurrido.


Partiré tarareando fantasías, caminaré por un ruta sin destino, y me entretendré con el vacío que adorna los senderos. Machacaré mi lengua para evitar lamentaciones, amarraré mis manos para evitar tapar mi rostro y no aceptar la realidad de mi nada.


No puedo continuar, sólo me hacen falta un par de empujoncitos para decidir mi destino, cómo elegir el modo, cómo encontrar método para desangrar mis miedos, cómo encontrar respuesta a una pregunta que sólo busca el malestar de quien la escucha. Algunos buscan salvarse de la muerte que los persigue con su cáncer o su diabetes, mi enfermedad más que física ha carcomido y diluido cada gozo de mi alma.


He pasado toda la maldita semana pensando en cómo suicidarme sin sentir tanto dolor, ¿por qué morirse debe ser tan traumático cuando es planeado? Y si lo estoy planeando, entonces debo prever los gastos del funeral, o simplemente hacerlo en un lugar alejado y asegurarme de que mi cadáver quede escondido para siempre.


* * *


Entraré en un café, y le pediré al mesero un vaso de jugo natural, de papaya en agua, con dos cubos de hielo y sin azúcar, le pediré una cuchará y quizá si fuera posible le pediría un poco de anestesia para evitar sentir la activación del veneno. Derramaré todo el polvo sobre el jugo, lo batiré eróticamente con la cuchara, lo beberé de un sorbo, y unos minutos después caeré postrado en el suelo, agonizando sin remedio, y rodeado de una multitud de chismosos que se fascinarán con mi morbosa despedida. Alguien llamará una ambulancia, pero para cuando ésta llegue, ya será demasiado tarde, yo ya habré dejado mi cuerpo, ya me habré convertido en difunto. Mi cuerpo será llevado a la morgue, donde después de identificarme, alguno de mis familiares reclamará mi cadáver, para, como dice por ahí: “darle santa sepultura”.

martes, 22 de febrero de 2011

Apellido crónico


Perdóname…


No sé cómo ocurrió, simplemente mi cuerpo ha empezado a deteriorarse, el diagnostico no es favorable, y la angustia y el remordimiento demarcan la cara de un infectado. Nunca lo quise, quién podría querer lastimar a quien ama, quién podría renunciar al gozo de estar con su pareja. No existe justificación para el hecho, lo cierto es que mi confianza me ha engañado, y me ha doblegado ante un agente patógeno que crece entre mis entrañas y que viaja a través de mi torrente sanguíneo; cada una de mis células está infectada, y la medicina convencional es torpe en sus acciones, no hay remedio, no hay esperanza. Fui engañado por la aparente pulcritud de los cuerpos que en muchas noches fueron mi compañía. Estuve ciego al peligro, estuve expuesto al destierro y fui marcado como un animal, mi vida está sujeta al señalamiento. Ahora soy uno más, hago parte de aquellos que viven entre limitaciones, entre exigentes restricciones para prevenir contagiar a otros, para evitar que nuestra marca sea transmitida.


No hallo cómo enmendar el daño que posiblemente te he causado. Me siento frustrado al no impedir que mi horrible verdad sancione tu belleza. Perdóname, actué sin saber que mis besos poseían veneno, recorrí tu cuerpo ignorando que lo hacía con las manos y la piel manchada de muerte, erosioné y contaminé tus roles, y envejecí cada idea que tiernamente construíamos en la noche.


Lo atractivo y sutil que al desnudo me caracterizó alguna vez, ahora son un juego de impotencia y depresión, ahora son un baile entre lástima y debilidad. Ya no tengo oportunidad, no tengo valor, no poseo fuerzas para demostrarte que mancharte no fue algo intencional. Para ti soy un criminal, soy como un hongo que te asfixia y te corrompe, soy un portador de llanto y miseria, soy el génesis de una vida entre seis tablas.


En una ceremonia de duelo y remordimiento, la culpa me seduce y me fascina con su irritante mirada, me susurra al oído y me indica la salida, me dice por donde seguir, qué ruta tomar y cómo llegar… me consumo al saber que soy el causal de mi derrota, no hay tiempo ni perdón, no hay cielo, no hay sol, no hay vida, no hay razón… Ahora que te he perdido, entiendo que no hay forma de regresar en el tiempo. Los efectos de mis errores sólo tienen cabida en lo profundo de una tumba. Arroparme con varias capas de tierra será suficiente para ahogarme en compañía de mis traumas y desgracias.


¿Qué puedo hacer? ¿Qué te puedo decir? ¿Qué debo decir? ¿Qué debo o puedo sentir? Quizá solamente deba despedirme de mi madre, agradecerle y decirle lo mucho que la quiero… Despedirme de mis hermanos y mis amigos, de mis sueños y mis triunfos, de mi entorno, de mi estudio, de mi voz, y aún peor, creo que sólo debo pedirte perdón y despedirme sin mirarte a los ojos, porque tu mirada de odio y rechazo sería peor que la muerte.


Hoy los síntomas y la depresión me hacen hablar, he sido sincero, y espero que tomes las medidas pertinentes. Sería cínico pensar que merezco un último abrazo, pero confío en que mis huellas generen lecturas de paz y reflexión, y no despierten desconsuelo y decepción. Fui algo intrépido y travieso, pero ahora pago por dejarme hundir en la vagabundería y la promiscuidad.

domingo, 13 de febrero de 2011

Crematorio sin testigos


Han pasado decenas de días y noches, pero gracias a mi lujuriosa inocencia, he vivido las noches como si fuesen el día, y he vivido los días, bajo las tinieblas de una oscuridad incandescente. A veces me pregunto quién o, qué soy, sin encontrar respuesta o explicación alguna; en ocasiones estornudo gases de graciosa solidez, y defeco risas de absurda sincronía; el olor de mis mañas se disuelve en el tinto de mis tardes y, en las sopas de mis noches, mi alma nada para encontrar tierra firme.


Cuando recuesto mi cuerpo sobre la cama, surge un dolor desde mi pecho, una presión, un sentimiento de soledad, un concierto de melancolía que me agota y me seduce; lágrimas parten desde mis ojos, y recorren la imperfección de mi rostro hasta atarme a la cama. Quedo totalmente desarmado y condenado a una disputa existencial, donde la derrota o la victoria no tienen diferencia, pues ambas, son herramientas para construir placer o desconsuelo, son títulos de valor relativo y pasajero.


Bajo la custodia de mis lágrimas, sólo me es permitido mirar hacia el techo, ver el polvo y las telarañas, sólo me permiten reconocer la miseria en la palidez de una pared, sólo me es posible esconderme bajo la debilidad de mis pestañas. La gula, la pereza y la ignorancia, buscan trepar a través de las sábanas, para poder llegar al núcleo de mis emociones y contagiarme con su desdichada apatía, estas virtudes del vago, intentan llegar hasta mis aposentos, pero, las lágrimas, mis lágrimas, se ordenan y se distribuyen para proteger mi seriedad, y evitar que caiga en indigencia.


Después de unas horas, mis lágrimas ejercen presión sobre mi pecho, y como a una naranja se le es extraído el jugo, a mí, me constriñen hasta retirar cualquier gota de rencor o desdicha que posea. Bajo un protocolo algo excéntrico y quisquilloso, mis lágrimas me incendian con un fuego blanco, para quemar e incinerar cualquier residuo de petulancia o inutilidad que se encuentre entre mis depresiones. Soy cremado y renovado a la vez, soy expuesto a tortura y placer a la vez, soy capturado y liberado a la vez, soy criminal y víctima a la vez.

sábado, 5 de febrero de 2011

Bajo el filo del machete


No existe quién logre alejarme del homicidio y la fornicación, pues, la meditación y la sabiduría que me envuelven en el día, se convierten en habilidad y sigilo en las noches.


Desde chico aprendí a querer a los demás como hermanos, el futbol y las escondidas, a los más inquietos y a los más sanos, y aunque en algunos momentos nos peleamos, e incluso ya no hablábamos, los consideraba mis amigos, a todos esos pelaos que me acompañaron en la niñez. Quise estar junto a ellos en mi desarrollo escolar, pero el destino me traicionó y me arrojó al hueco donde actualmente me revuelco de noche.


… Justo en una tarde que se convertía en noche, cuando iba rumbo a mi vereda, un hombre se me atravesó e impidió que yo siguiera mi camino, bruscamente me arrebato la bicicleta y me amenazó con un puñal, para que yo le diera todas mis pertenecías (unas cuantas monedas y un pan algo viejo). No me asusté, y sin pensarlo dos veces, saqué mi peinilla y le tasajee el cuello, le corte la garganta para que empezara a jadear y se ahogara en sus palabras. Desde ese preciso momento, todo cambió, me alegré, me fasciné, me descontrolé en mi inexpresiva paciencia. Todos mis músculos se relajaron, mientras que yo disfrutaba de la agonía del coetáneo. Después de una agonía irremediable, el sujeto cesó en sus luchas y quedó postrado a mitad de la carretera, y en contraste, yo me vi mórbido y petulante. Pero, también me carcajeaba con el calificativo de impertérrito que se apoderó de mis ganas. Con la lengua jugando entre mis encías, azuzaba al taciturno cadáver. Difunto que ya rubro y desconsolado me pedía, a través de un silencio psicoactivo, que lo descuartizara lo antes posible y que extrajera sus ojos y sus dientes, que abriera su cráneo como si fuese una piñata, a la cual se le extirpan los dulces y las otras pendejaditas. Y yo, aullando en graznido, me deleitaba con las peripecias de mi nuevo parecer. Conspiraba con mis ideas para decidir, cómo y con qué desagarrarle las extremidades, y lo más importante, cómo abrir su cabeza para sacarle todo ese tesoro de roja apariencia.


Usando la macheta, le retiré la cabeza. En medio de la carretera quedó un cuerpo sin cabeza. Una imagen cómica y encantadora. Lo arrastré a unos doscientos metros de la carretera, y allí, justo debajo de algunos árboles y ya acompañado por la claridad de la noche, me dispuse a preparar al cadáver. Sin quitarle la ropa, di machetazo tras machetazo, y la sangre salpicaba por todo ese lugar, una escena verdaderamente única y divertida, como si estuviese pintando la zona, como si estuviese construyendo una obra de arte. Me sentía en mi taller, me sentía en un nirvana de crudeza e idealismo deformante. En el infinito de esos momentos, me agachaba una y otra vez, para introducir mis manos entre su vientre, y tal como un pirata cuando encuentra su botín, yo apretaba todas sus tripas y en regocijo me enorgullecía por tan importante logro.


Encontré una piedra, y con ésta, fracturé y fragmenté la cabeza que desde hace rato andaba por ahí rodando como en busca de su cuerpo. La cabeza se abrió un poco, y con la peinilla fue mucho más fácil dividirla, para raspar el cráneo como si fuese un plato de comida – jajaja- no pensé que yo fuera tan coqueto e intenso con estas cosas.


Cuando ya había desmembrado o fraccionado al cadáver, empecé a bailar y celebrar la victoria, un triunfo que no estaba planeado, pero que me brindó serenidad y entretenimiento. Aunque no sé si pueda repetirse, me gustaría volver a hacerlo, pero esta vez, ser un poco más delicado y fetichista con el cadáver, ser más cuidadoso con los cortes y las maniobras, ser más serio a la hora de elegir a mi víctima, y, por qué no, ser más creativo en las herramientas a utilizar.


Me burlé de su pobre final, y con gran seriedad y picardía, escondí sus restos en toda la inmensidad del campo: bajo los árboles, entre los arbustos, atrás de las piedras, etc. Hasta sumergí algunos de los restos en los charcos que habían dejado las lluvias de aquellos días. Me movía a través de la verde espesura del campo, como si fuese un salvaje acostumbrado a esos trotes, pero eso me hacía más feliz, comerme a un personaje tan heroico e intachable, tan elocuente y habilidoso, afrontar el papel de un limítrofe corrompido, enrollarme en la imagen de un hombre cruel, sádico y solitario me hacía respirar con más ganas, me liberaba y me conducía a un placer inorgásmico. Continuará…

¿Me vas a decir que no lo has hecho?


Decimos mentiras al negar que en algún momento, cuando estábamos en compañía de amigos, nos sorprendió un gasecillo pillo, y para maquillar el sonido de volador que a éste caracteriza, tosimos o nos carcajeamos… E inmediatamente nos movilizamos para que no tuviesen tiempo de olfatearlo y recocharnos. Y el que diga que eso es algo normal y, que no hay motivo para burlas, es un gran mentiroso, aún peor que quien escondió su PEDO, porque es casi seguro que hubiese empezado a decir: Huy, pero cuando coma culebra quítele la cabeza; otro que está pensando en voz alta; mijo, salve el alma, porque el cuerpo lo tiene podrido; ústele, ¿me habla o me grita?; recójalo que algo se le cayó; ole, pero conforme come el mulo, excreta el… En fin, la mentira nos rodea y está en nosotros, no podemos parpadear sin decir o escuchar una mentira, sin vivir o presenciar algo que no es verdad.


Las mentiras son ricas, son atractivas y picantes. Las usamos para conquistar, para tramar, pa’ visajear o para rechazar. Al negar algo que sí está, al decir algo que no es verdad, y al hablar por hablar, a todas estas cotidianidades les llamamos mentir. Cuando el padre le pide a su hijo que lo niegue frente al cobrador de deudas, cuando la mamá engaña a su hijo con una idea tonta de “cómo vienen los niños al mundo”, o cuando después de un tropezón ni el “hp”, nos levantamos sonrientes y decimos que nada ha pasado y que todo está bien, cuando en realidad, tenemos la necesidad de gritar y gemir por tan irritante sensación.


Otra mentira común y recurrente es aquella que le decimos al odontólogo cuando nos pregunta: cuántas veces nos lavamos los dientes al día, o si usamos seda dental… -jejeje- yo siempre respondo: tres, y siempre… ¡seda dental siempre!


Claro está que no falta el avispado que quiera lastimar o inculpar a otros, el que se la pasa con la jetica untada de babosadas para que a uno lo regañen y le jalen las orejas antes que a él. Tampoco falta el que mata a toda la familia antes de admitir que no hizo la tarea. Entierran cada semana a uno de sus familiares para tener opción de recuperar la nota, ¡muchos atrevidos!


¿Tenés que me prestés? ¿Me hiciste el favor? ¿Dónde andabas? ¿Con quién andabas? ¿Qué hicieron? ¿Sos virgen?... éstas son las preguntas a las que comúnmente respondemos con una mentira, negando y maquillando la realidad del caso. Pero, decir mentiras es todo un arte, es una magia creativa, es la puerta a la imaginación, mentir es un vivo ejemplo del ingenio con el cual contamos. La mentira está adscrita a nuestra naturaleza, y aunque a veces resulte incómoda y dolorosa, es un condimento que nos convierte en seres impredecibles y golosos. Mentimos de forma inconsciente, nuestra boca miente, nuestros ojos mienten, nuestro rostro miente, nuestras extremidades mienten, y lo que es aún más interesante, nuestro corazón miente y, lo hace con mucha frecuencia.


Entonces, la mentira es como el arroz: está en todas las mesas y en todas las cocinas, y aunque no queramos acceder a él, terminamos rindiéndonos y atragantándonos desaforadamente, en este caso, de mentiras.