
Decimos mentiras al negar que en algún momento, cuando estábamos en compañía de amigos, nos sorprendió un gasecillo pillo, y para maquillar el sonido de volador que a éste caracteriza, tosimos o nos carcajeamos… E inmediatamente nos movilizamos para que no tuviesen tiempo de olfatearlo y recocharnos. Y el que diga que eso es algo normal y, que no hay motivo para burlas, es un gran mentiroso, aún peor que quien escondió su PEDO, porque es casi seguro que hubiese empezado a decir: Huy, pero cuando coma culebra quítele la cabeza; otro que está pensando en voz alta; mijo, salve el alma, porque el cuerpo lo tiene podrido; ústele, ¿me habla o me grita?; recójalo que algo se le cayó; ole, pero conforme come el mulo, excreta el… En fin, la mentira nos rodea y está en nosotros, no podemos parpadear sin decir o escuchar una mentira, sin vivir o presenciar algo que no es verdad.
Las mentiras son ricas, son atractivas y picantes. Las usamos para conquistar, para tramar, pa’ visajear o para rechazar. Al negar algo que sí está, al decir algo que no es verdad, y al hablar por hablar, a todas estas cotidianidades les llamamos mentir. Cuando el padre le pide a su hijo que lo niegue frente al cobrador de deudas, cuando la mamá engaña a su hijo con una idea tonta de “cómo vienen los niños al mundo”, o cuando después de un tropezón ni el “hp”, nos levantamos sonrientes y decimos que nada ha pasado y que todo está bien, cuando en realidad, tenemos la necesidad de gritar y gemir por tan irritante sensación.
Otra mentira común y recurrente es aquella que le decimos al odontólogo cuando nos pregunta: cuántas veces nos lavamos los dientes al día, o si usamos seda dental… -jejeje- yo siempre respondo: tres, y siempre… ¡seda dental siempre!
Claro está que no falta el avispado que quiera lastimar o inculpar a otros, el que se la pasa con la jetica untada de babosadas para que a uno lo regañen y le jalen las orejas antes que a él. Tampoco falta el que mata a toda la familia antes de admitir que no hizo la tarea. Entierran cada semana a uno de sus familiares para tener opción de recuperar la nota, ¡muchos atrevidos!
¿Tenés que me prestés? ¿Me hiciste el favor? ¿Dónde andabas? ¿Con quién andabas? ¿Qué hicieron? ¿Sos virgen?... éstas son las preguntas a las que comúnmente respondemos con una mentira, negando y maquillando la realidad del caso. Pero, decir mentiras es todo un arte, es una magia creativa, es la puerta a la imaginación, mentir es un vivo ejemplo del ingenio con el cual contamos. La mentira está adscrita a nuestra naturaleza, y aunque a veces resulte incómoda y dolorosa, es un condimento que nos convierte en seres impredecibles y golosos. Mentimos de forma inconsciente, nuestra boca miente, nuestros ojos mienten, nuestro rostro miente, nuestras extremidades mienten, y lo que es aún más interesante, nuestro corazón miente y, lo hace con mucha frecuencia.
Entonces, la mentira es como el arroz: está en todas las mesas y en todas las cocinas, y aunque no queramos acceder a él, terminamos rindiéndonos y atragantándonos desaforadamente, en este caso, de mentiras.
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