
No existe quién logre alejarme del homicidio y la fornicación, pues, la meditación y la sabiduría que me envuelven en el día, se convierten en habilidad y sigilo en las noches.
Desde chico aprendí a querer a los demás como hermanos, el futbol y las escondidas, a los más inquietos y a los más sanos, y aunque en algunos momentos nos peleamos, e incluso ya no hablábamos, los consideraba mis amigos, a todos esos pelaos que me acompañaron en la niñez. Quise estar junto a ellos en mi desarrollo escolar, pero el destino me traicionó y me arrojó al hueco donde actualmente me revuelco de noche.
… Justo en una tarde que se convertía en noche, cuando iba rumbo a mi vereda, un hombre se me atravesó e impidió que yo siguiera mi camino, bruscamente me arrebato la bicicleta y me amenazó con un puñal, para que yo le diera todas mis pertenecías (unas cuantas monedas y un pan algo viejo). No me asusté, y sin pensarlo dos veces, saqué mi peinilla y le tasajee el cuello, le corte la garganta para que empezara a jadear y se ahogara en sus palabras. Desde ese preciso momento, todo cambió, me alegré, me fasciné, me descontrolé en mi inexpresiva paciencia. Todos mis músculos se relajaron, mientras que yo disfrutaba de la agonía del coetáneo. Después de una agonía irremediable, el sujeto cesó en sus luchas y quedó postrado a mitad de la carretera, y en contraste, yo me vi mórbido y petulante. Pero, también me carcajeaba con el calificativo de impertérrito que se apoderó de mis ganas. Con la lengua jugando entre mis encías, azuzaba al taciturno cadáver. Difunto que ya rubro y desconsolado me pedía, a través de un silencio psicoactivo, que lo descuartizara lo antes posible y que extrajera sus ojos y sus dientes, que abriera su cráneo como si fuese una piñata, a la cual se le extirpan los dulces y las otras pendejaditas. Y yo, aullando en graznido, me deleitaba con las peripecias de mi nuevo parecer. Conspiraba con mis ideas para decidir, cómo y con qué desagarrarle las extremidades, y lo más importante, cómo abrir su cabeza para sacarle todo ese tesoro de roja apariencia.
Usando la macheta, le retiré la cabeza. En medio de la carretera quedó un cuerpo sin cabeza. Una imagen cómica y encantadora. Lo arrastré a unos doscientos metros de la carretera, y allí, justo debajo de algunos árboles y ya acompañado por la claridad de la noche, me dispuse a preparar al cadáver. Sin quitarle la ropa, di machetazo tras machetazo, y la sangre salpicaba por todo ese lugar, una escena verdaderamente única y divertida, como si estuviese pintando la zona, como si estuviese construyendo una obra de arte. Me sentía en mi taller, me sentía en un nirvana de crudeza e idealismo deformante. En el infinito de esos momentos, me agachaba una y otra vez, para introducir mis manos entre su vientre, y tal como un pirata cuando encuentra su botín, yo apretaba todas sus tripas y en regocijo me enorgullecía por tan importante logro.
Encontré una piedra, y con ésta, fracturé y fragmenté la cabeza que desde hace rato andaba por ahí rodando como en busca de su cuerpo. La cabeza se abrió un poco, y con la peinilla fue mucho más fácil dividirla, para raspar el cráneo como si fuese un plato de comida – jajaja- no pensé que yo fuera tan coqueto e intenso con estas cosas.
Cuando ya había desmembrado o fraccionado al cadáver, empecé a bailar y celebrar la victoria, un triunfo que no estaba planeado, pero que me brindó serenidad y entretenimiento. Aunque no sé si pueda repetirse, me gustaría volver a hacerlo, pero esta vez, ser un poco más delicado y fetichista con el cadáver, ser más cuidadoso con los cortes y las maniobras, ser más serio a la hora de elegir a mi víctima, y, por qué no, ser más creativo en las herramientas a utilizar.
Me burlé de su pobre final, y con gran seriedad y picardía, escondí sus restos en toda la inmensidad del campo: bajo los árboles, entre los arbustos, atrás de las piedras, etc. Hasta sumergí algunos de los restos en los charcos que habían dejado las lluvias de aquellos días. Me movía a través de la verde espesura del campo, como si fuese un salvaje acostumbrado a esos trotes, pero eso me hacía más feliz, comerme a un personaje tan heroico e intachable, tan elocuente y habilidoso, afrontar el papel de un limítrofe corrompido, enrollarme en la imagen de un hombre cruel, sádico y solitario me hacía respirar con más ganas, me liberaba y me conducía a un placer inorgásmico. Continuará…
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