Nuestras particularidades íntimas son la imagen desnuda del elocuente prestigio del ser como individuo pálido e insatisfecho. ¿?...un capricho necesario, trágico…Pero cómodo.




lunes, 14 de junio de 2010

Me Duele el Vientre, Me Castraste el Alma ¡Pendejo!


Cuando me dejaste aislada, en esa carretera carcomida por el peso de las tractomulas, me redujiste hasta lo más frágil y articulado, tan endeble que sólo contenía el llanto porque estaba deshidratada, maldito perro, me contagiaste de insensatez, acariciaste mi rostro y después me lo deformaste con tus babas de lobo, tus dientes oxidados y tu mantecosa sonrisa, de nada vale que poseas unos ojos tan hermosos, claros como el mar de la costa norte; me condicionaste a tu codicia, cómo fui capaz de acceder a tus pretensiones carnales, porqué consumiste la alegría de mi cuerpo y posteriormente me desechaste como un condón masturbado. Ahora camino, siento mucho dolor, has sido el primero, te valiste de mi inocencia y cosechaste de mi piel el sabor de la juventud virgen, pulcra de manoseos y perversiones, desbordaste tu deseo, me saturaste de fluidos y sensaciones, arrebataste la posibilidad de sentirme correspondida, sólo puedo recordar esos gemidos propios de un animal como tú, tan dominante e ignorante, tan ágil y torpe, tan fuerte y tan vulnerable, chandoso de mierda.


Despertaste en mis objetivos la necesidad de poseer otros cuerpos masculinos, dominarlos, humillarlos, adsorber lo coherente de sus tránsitos velludos, desterrar la exasperada rigidez que dejaste en mis fragmentos íntimos, sumergir a otros en la traspiración de mis extremidades, seducirlos y convertirme en clímax de sus más anhelosas fantasías, ideaciones puntuales difíciles de alcanzar, ser su todo en la nada de lo libido.


Adicional a las rasgaduras internas de mis órganos sexuales, limitaste la prudencia del maquillaje, no puedo disimular la quebrantada imagen de vagabunda que a golpes tuve que adoptar, con una blusa que sólo cubre uno de mis pechos, esta falda manchada, marcada con el desarrollo de tu precoz eyaculación, y descalza, moliendo la superficie de mis pies; el cabello alborotado, como el de una muñeca en el basurero, y aún me pregunto, cuánta energía ejerciste para que con sólo un tirón, profanaras la trenza que mi madre construyó con estos pelos, que ahora cuelgan sin armonía sobre mi cabeza.


Voy con el alma ronca de tanto maldecirte, ni te pregunté el nombre, soy culpable en gran parte, no te conocí, sólo presencié la desaforada capitulación en la cual dividiste el acto, el miembro marchito que cuelga de entre tus piernas, tus cuarenta años, que se evidencian en los pálidos filamentos que aún se encuentran prendidos a tu cuero cabelludo, y la fétida acumulación de olores que se desprenden de cada poro de ese cuerpo narcisista.


* * *


Trastornada me contoneo sobre el asfalto, no he perdido mi encanto Caleño, creo que es una fortuna poder aún mantenerme de pié y más aún, extender mis piernas para dar pasos cada vez más ligeros; levanto los brazos e inicio la placentera recepción de cada gota de agua que se desprende del obscuro cielo, con esto calmaré mi sed, y lavaré mi cuerpo, estos ruidosos huesos que gracias a Dios, aún mantienen su posición original. Contribuyo en adornar los sonidos de la corriente y melancólica noche, con este llanto que ahora exteriorizo, ya he hidratado esta carne, ya puedo gritar y mantener extensamente mi llanto para limpiar mis mejillas, de esa saliva pegajosa y mal oliente, de las palabras ofensivas que me decía al oído, y así poder excitarse más y más, para mantener la crítica erección de su pedacito, apretando y magullando las hendiduras de mi espalda baja, invocando un gimoteo de placer, una agitación compartida, pues ya casi ni me dejaba respirar, seguido a eso, reclamó con su lengua la calmada y rígida superficie de mi vientre, mordedura tras mordedura, plasmó en casi todo mi cuerpo, ese color rojo, una acumulación de sangre, tras el atrevido destierro de encanto sobre este cuero baboseado.


Algo está mal, me duele el vientre, el pecho (…) Me siento ahogada, ya no distingo el camino, no controlo mis pasos, he perdido el equilibrio, he partido hacia la locura, me he cubierto con una cálida y vieja capa, es la vestidura de la muerte, ya no llueve, ya no respiro, dichosa respeto la voluntad de esta criatura sin ojos, pero que aún así, me observa sin poder hacerlo, me guía sin haber una ruta, me llama hacia una dirección que ni ese espectro reconoce, me besa, me contempla aún sin saber quién soy, me invita con recelo hacia la irregularidad de sus acciones, se extiende revelando su meta, mi meta, la meta de su profesión, contener en su esencia este odio del cual estoy rebosada, hará lo mismo, me consumirá y después me desechará, sólo que no de forma igual, pues no tiene boca, no expulsa babas, no huele, y lo mejor, ya no soy capaz de sentir, ya no percibo, hago parte de una mentira, ya no existo, acá me comprimo, acá me consumo.

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