Nuestras particularidades íntimas son la imagen desnuda del elocuente prestigio del ser como individuo pálido e insatisfecho. ¿?...un capricho necesario, trágico…Pero cómodo.




domingo, 23 de enero de 2011

Recuerdo en participio, Candy y su respeto hacia un “Vecino”


Tras ese portal que se levantaba en la entrada del restaurante, ahí estabas, tan elocuente en tu vestir, tan digno de ese amarillo pasión, donde las tensiones de las mangas eran adornadas por el atractivo de unos brazos bien torneados y delicados. Con una mirada al aire, y una sonrisa que me aprisionó a tu ternura, así me consolidé como una seguidora más, como otra imagen que a escondidas te adoraría y, que ante cualquier oportunidad de roce, sería la primera en desbordar mi timidez. Tus cabellos enmarcaban un rostro de finas expresiones, de rasgos tan propios y particulares, que, no me diste más opción que convertirme en un ente de preguntas, con el ánimo reprimido de tocarte y acreditar tanta belleza, con la intención de acariciarte sin tocarte para evitar estropear el arte de tus formas y colores. Definitivamente, presenciar tanta idoneidad y tolerancia, es un honor y un privilegio. Impactaste en la oscuridad de mis ojos, y sofocaste mis miradas con la alegría que siempre te acompaña.


En cuanto tu cuerpo estuvo frente al mío, el saludo se formalizó. Un apretón de manos que, en realidad era un acto de hospitalidad, pues, sino me hubieses brindado tu fuerte y suave mano, mi cuerpo no se habría sostenido de pié, ya que la verdad, con aquel saludo obstruiste la hostilidad de mi extremidades y me recargaste de energía activa, que puso de nuevo en funcionamiento las actividades de mi cuerpo, mi respiración y el tan a veces defectuoso ritmo cardiaco.


De las palabras que cruzamos en ese instante ya no me acuerdo, pero sí recuerdo y reproduzco a diario el melodioso y relajante tono de voz que expedías desde la discreción de tus hermosos labios. No tengo certeza de las palabras, pero sí afirmo que internamente me hacía varias preguntas: ¿a qué sabrá uno de tus besos? ¿A quién darías uno de tus besos? Y… ¿cómo apoderarme de uno de tus besos?


Mi pecho se empañó por tan excitante travesía. Sí, porque con la mirada recorrí las perfecciones de tus cejas y desde ahí transité hasta la sensualidad de tu mentón. Y así, me trasfería a un paraíso incoloro y solitario, pues, no sabía si existiría la posibilidad de sostener tus suspiros sobre mis oídos, sobre mi espalda o mis suspiros.


Desearía repetir el saludo a diario, verte sonreír y exteriorizar esa magia que se construye en tus ojos, verte encantar con tan dichosa cortesía y serenidad, con tan abundante y majestuosa humildad. Y justifico mis deseos con el impactante frenesí que experimentó mi lengua; con la condimentada fraternidad de mis labios, que no querían despegarse uno del otro, para no interrumpir tus palabras; argumento mis deseos con el erotismo que despertaste en mi sentido olfativo, porque tras absorber y deleitarme con la fragancia que sostenías encima, me envolví en un nirvana de folclor y cantos solitarios.


Después de un saludo, donde tu acento paisa se fundía y se compenetraba con el acento valluno que entrecortadamente te respondía, nos desplazamos hasta la independencia de un vehículo de dos ruedas, un trasporte que me daría oportunidad de “apretar” la silueta de tu cintura, y con suerte, la sobriedad de tus brazos… brazos que con firmeza sostuvieron nuestras cualidades con sanidad, y nos llevaron hasta la fachada de tu morada.


Me invitaste a seguir hasta el interior de tu intimidad, hasta la galante y sofisticada serenidad de unas paredes blancas, hasta la grata cortesía de un ambiente narcótico. Como escampando de una tormenta, nos expresamos en diálogos de cultura general, de ocio y garantías… Continuará.

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