
Me encuentro sentado, con las piernas una sobre la otra, recostando uno de mis codos sobre la mesa, y con la mano de ese brazo, el izquierdo, repaso los entresijos de cada filamento capilar, acaricio la grasa acumulada en mi cabello; contengo mis ojos en movimientos frívolos e indiferentes, balbuceo repitiendo la burda e incoherente malicia vulgar que percibo en el televisor, mi rostro se moldea según las imágenes que acompañan a este almuerzo, noticia tras noticia, sólo novedades desagradables, morbo y más morbo, pobreza y violencia, corrupción y plasticidad, realidad delirante, pendejadas tras injusticias, muertes y más muertes, además, un sin número de tonterías que alimentan la gula perversa de nuestra idiosincrasia conformista. Datos tan inexactos e innecesarios en algunos casos, un conglomerado de picardía y marihuana gráfica, una constante réplica de su mañosa manipulación informativa, que se restringe a perforar en las crédulas e ignorantes mentes de sus espectadores, se limita a promocionar cobardía y resignación, sumándole también una sínica rebeldía, y una estúpida desmotivación subjetiva.
Me detengo únicamente a masticar, a fraccionar y degradar el alimento que no hace muchos minutos se encontraba corrugado en la soberanía del plato. Saboreo cada milímetro de este bolo alimenticio, cada sustancia y cada recuerdo. Me reduzco a un acto secuencial, me limito a tragar y respirar, a comer para vivir, y a vivir para comer, me muero para que nazca un zombie de aptitud fatalista, de moderación e inhibición moral. Me despido de la razón y de mis placeres, para que florezca una criatura de olvido y abandono social, un extravío de ideas y conceptos, una pérdida de gratitud y humildad, un entierro espiritual enmarcado de egoísmo y repudio reflexivo.
Tan estúpido y cobarde al reincidir en estas sanciones colaterales e insignificantes. Una continuación extemporánea de quejas inherentes a la ignorancia y la desdicha, un magnicidio repetitivo, un poso de realismo subjetivo y melancólico.
Esparcido en un discurso sin remedios, copulado en un síntoma imaginado, y ahogado en una seca insatisfacción, así me hallo, hasta que un bulbo metálico empieza a vibrar sobre la superficie circular de la mesa. Mi celular está recibiendo un mensaje. La identidad de mi corpórea existencia está siendo recordada entre los dedos de algún vecino, entre las intenciones de algún ser que conoce mi código, qué recuerda mi número...Sí, es ella, es esa divinidad carnal que se funde entre mis elogios más intrépidos y encendidos, entre mis pensamientos más íntimos y veraces; ella es la ilusión de gloria que germina en cada mañana, en cada noche y en cada aparecer y desvanecer del sol. Brota una catarsis veraz, esquematizante, improvista. Un paréntesis entre el velorio de mis odios.
La grandeza y la rebeldía de mis ánimos, están adscritos al delicado y sutil parlamento del mensaje, una conjugación de palabras tan honorables y directas, tan precisas y correctas, tan bien diseñadas, tan finas y pulidas, tan oportunas y congruentes… tan mágicas y tiernas, que sólo basta verlas para sumergirse en un lago de temperatura perfecta, en una dicha tan cómoda e indescifrable como la tenue inspiración de sus aciertos.
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Definitivamente mi gesticulación espontánea, después de ver las obscenas, escandalosas y perversas imágenes proyectadas en el televisor, se contrae en júbilo y belleza, en agradecimiento y fidelidad a la bandera, en correspondencia a su búsqueda de alegría y controversia, donde Dios y su bienaventuranza son la tradición y naturaleza de mis triunfos, donde Dios armoniza la inequidad y donde éste, mi señor Dios, atribuye precisión y talento a quién desenvaina su egoísmo y lo desecha entre las muertas raíces de su humanidad, donde acuerdo desvestirme de esta corriente adversa a mis ideales, donde comprendo la distancia que aún debo recorrer, y donde identifico el significado del mensaje, de su origen y destino. Pues sé, que quien remite está en gracia de Dios, porque reconoce al árbol de donde recoge el fruto, y porque entusiasta da buen manejo a la semilla.
Dios, ahora comprendo la indiscutible e irrefutable congruencia de tus juicios. Pues ella, mi amante, es la representación de tu grandeza y tu benévola epifanía. Logro explorar los contenidos de este universo, viajar entre las inmediaciones de esta dimensión, y recorrer espacios vírgenes y bellos cada vez que mi defectuosa existencia se ve desplazada por el recuerdo de mi amante. Ella es armonía y coherencia afectiva, es consuelo y simetría, es una compleja simplicidad de cualidades, es mi hermana y compañera en acciones y debates.
Sus manos, su delicada ingenuidad, su cuerpo que se esconde tras esas ropas tan finas y recatadas… Su sonrisa, su boca, sus labios, su virtuosa alegría, su íntima ligadura maternal, su voz y su aliento. Todo implícito dentro de una sola palabra, su todo reunido en la conjugación y apareamiento de algunas letras. Su majestuosidad reposada en un nombre tan sencillo y reconocido, que sólo al pronunciarlo, mi corazón se agita, se despierta del trance costumbrista al cual me sumerge la ignorancia. Mi pecho es lugar de un concierto apetecido y envidiable, es origen de una singular sinfonía, y es destino de innumerables emociones.
Señor Dios, te agradezco la oportunidad de poseer entendimiento, de poseer la sencillez y la nobleza para agradecer tu indiscriminada empatía, para identificar tu paciencia en mi cuerpo y en quienes me rodean, para sorprenderme y excitarme al reconocer la magna inspiración de tus proyectos, y para encontrar razón de vivir en cosas tan pequeñas como el sabor de una manzana, o en cosas tan únicas como el azul claro de los ojos de mi amante.
Te agradezco señor, por sostenerme en tu voluntad y por consagrarme en sincronía de mis apetencias, por dejarme ser suficiente y necesario, por apoyarme y adjudicarme autonomía ante la perversión de mis iguales, por iluminarme para vencer la discrepancia y la rebeldía de mis semejantes, y te agradezco por permitirme construir una identidad y una tonalidad atractiva para mi amante.
Dios, permíteme acariciar tu grandeza en los imperfectos de mi amante.
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