Nuestras particularidades íntimas son la imagen desnuda del elocuente prestigio del ser como individuo pálido e insatisfecho. ¿?...un capricho necesario, trágico…Pero cómodo.




martes, 24 de mayo de 2011

Hora pico, hora crítica



Cuando miramos a través de la ventana del autobús, ¿qué vemos?, ¿vemos a caso la sonrisa de otros plagando las paredes de una ciudad limpia y despejada de cualquier tragedia? No, de ninguna manera, eso ni en las novelas. Al transitar por las vías más populares de esta ciudad, veo a un par de niños, un par de almas que juegan sobre un andén sucio, sobre un estrecho caminar que si bien, está despejado de otros transeúntes, está contaminado con la indiferencia y el olvido de aquellos que sólo miramos para criticar o exteriorizar lástima momentánea.


Es casi media tarde, casi las 4:00pm, y entonces, como un montón de carne sin refrigeración, empezamos a sudar, transpiramos y mojamos el ajuar que nos cuelga de estos huesos, y así, entiendo que todos funcionamos de manera semejante, ninguno de nosotros puede escapar de las manifestaciones naturales de su cuerpo, nadie puede evadir lo inevitable, pero podemos hacer la diferencia en cómo amortiguar ese fenómeno… fenómeno que al encontrarnos, nos abraza y nos seduce con la más tórrida y drástica de las religiones.



En el bolsillo derecho del pantalón, suenan algunas monedas, mi pasaje, cinco monedas plateadas que simbolizan un transporte y un viaje, cinco láminas que reducen la distancia entre mi origen y mi destino. A través de la ventana, se pueden observar todas las construcciones de sujeto que pueda imaginarme, pues, en una galería, la intersubjetividad de las miradas, hace que un simple paisaje rutinario, se convierta en la más extravagante y apreciable de las obras. Un arte de desteñidas secuencias hace que mi mente viaje por entre cada pasaje de esta calle, mi ego salta sobre las iracundas necedades de mis vecinos, todos tan enfáticos en un caminar de rítmicas posturas, un desvanecer de sombras e insumos que para colmo del todos, es lo más bello de sus indiscutibles defectos.


Atrás quedaron ese par de niños, allá se quedaron la lástima y la indiferencia, pero ahora, en esta calle, el bus se satura con mercados y sujetos llenos de fluidos glandulares. Una mujer con un gran trasero se sienta junto a mí, en sus manos sostiene un mecato, y en su rostro, se hace evidente la dicha y la romántica gratitud que siente al saborear un chontaduro. Ahora, la atmósfera de este vehículo, está sostenida en olores un tanto desagradables: cebolla, papa, barro, sudor… pero, las diferencias que se enmarcan en cada puesto, se regulan con el placer de poseer eso, un puesto, un estado, una ubicación de poder, una relación de intereses en referencia a eso que los une, que nos une… Un viaje, unos cuantos minutos sentados sin afirmar o refutar, un periodo de ahogo y reflexión o, una riña entre afanes y serenidad.


Las voces que en el bus resuenan, se ven acompañadas por el saludo de un “pimo”, un amigo del conductor, un hombre que aparenta ser humilde y sencillo, más que sencillo… el chofer lo saluda y le pregunta -¿cómo vas vé?- a lo cual, el sujeto responde, -todo bien, todo bien, gracias a Dios-. “Todo bien”… “gracias a Dios”, algo curioso, para él todo está bien, aún cuando se ve con hambre, aún cuando sus prendas demuestran haber estado expuestas al sol y al agua, es irremediablemente apreciable, da orgullo escuchar algo así, aún con sus limitaciones, para él, todo está bien.


Mi mirada se congela y, recuerdo lo bien que estoy, recuerdo lo afortunado que soy por despertarme en compañía de quien lo hice, afortunado y bendecido, sí así me siento ahora, aprieto mis manos y solamente digo –Gracias a Dios…- Gracias.

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