
Veo esta carretera cada vez más estrecha, pero, no creo que hayan sido los tragos que me tomé en el bar… No, de ninguna manera, esta maldita trocha es cada vez más angosta, algún idiota debió ser quién la diseñó, o algún campesino necesitado. No puedo visualizar bien el camino, me duele el estómago y aún me salen gases a causa de esas odiosas cervezas que bebí…
Estoy aburrido de usar estos ridículos lentes, quizá, sin ellos, todo sería más fácil, me repugna tener que estar limitado, y absurdamente vinculado a unas gafas para poder ver qué mierda se para en frente…
* * *
Efraín vagaba sin rumbo a través de un camino destapado, sumergido en su borrachera, hundido en su insólita psicosis y, adscrito a un tufo que le daba maluquera y lo mareaba sobre un sillón viejo y desgarrado. La rezagante borrachera que a él lo poseyó, fue creciendo y, al fundirse con la intrépida psicosis, forjaron una rara pero fuerte relación. La mente de Efraín sucumbió ante la inesperada redención de un viejo sarcasmo, una hipocresía de antaño que se reformaba entre sus cavidades cerebrales.
Sus manos empezaron a sudar, a volverse inquietas, a tararear melodías irónicas, a revolcarse sobre el timón, y a desnudarse con una breve rasquiña. Sus ojos bailaban y reían, su corazón se estrujó mientras sus pies gozaban de autonomía y disparidad. Como si un millón de heridas se crearan en su rostro, empieza a quejarse y a llorar, a retorcerse y a reprimirse, a insultarse y consolarse. Efraín se viste de norma, y busca ser la excepción a ésta, busca ofender a su “super yo”, busca atacar su virginidad ética y, compadece ante sus sueños para descubrir que es capaz de lo impensable.
Efraín, desata su insolencia y oprime el acelerador a todo lo que dé, afina su enloquecida seriedad y vacila sobre qué o cómo conducir, marcha con soberanía sobre un camino viejo y remendado. Atina su vista sobre la silueta de una mujer que está a pocos metros de distancia, amarra sus manos al timón y como bestia sin remaches, jacta su enfurecida alegría arrasando con aquella figura que transita sobre las piedras, atropella sin compasión a la inocencia de una mente descalza. Efraín arroya a una mujer, y lo hace sin entender cómo o por qué ha sucedido este impase. Golpea con su carro a la vulnerable y delicada imagen de una desconocida, atenta contra la ambigüedad de un cuerpo sin tracción, y así, postula su ignorancia como el motor de su mentalidad lunática.
Efraín se detiene, baja del auto, y con una mirada sacra, impone su tiranía sobre la infinita soledad de la noche, la oscuridad y la luz de las farolas es la mezcla perfecta para esta escena desconcertante, es la unión perfecta para revelar el flujo de entidades que a Efraín componen, sus personajes y sus múltiples mundos.
Él, arroja un escupitajo hacia la nada, y extiende sus brazos en señal de victoria, pero inmediatamente después, los contrae como si el frío de la muerte aún estuviese a su lado, como si lo bañaran con agua del océano ártico, como si la helada que acabó con los cultivos de maíz en el 87 lo abrazara y lo reprimiera. De repente, la pupila de sus ojos se dilató, entonces, dio espacio para que sus ojos fuesen capaz de revisar y escanear la zona, avisando de la existencia o usencia de alguna compañía inoportuna, pero todo está en calma, nadie lo acompaña, sólo su otro yo, su otro Efraín.
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