Nuestras particularidades íntimas son la imagen desnuda del elocuente prestigio del ser como individuo pálido e insatisfecho. ¿?...un capricho necesario, trágico…Pero cómodo.




jueves, 9 de diciembre de 2010

Locura tonal



Me encuentro en una habitación, rodeado de soledad y desorden. Atado solamente a mi única labor del día: batir mis emociones al enjaularlas sobre este lienzo. Pinto con un antiguo pincel, de cerdas anchas y elegantes, de vida escasa y de piel manchada, de cuerpo enclenque y risa sarcástica. Pinto la figura de lo que soy, de lo que quiero ser, y de lo que no soy o nunca seré. Todas estas imágenes unidas en una sola tela, odiándose una a la otra, abofeteándose e insultándose por ser desconocidas entre ellas.


Son tres figuras que recreo con mucho detalle. Un simple autorretrato de este insípido servidor, una trascripción de ideas y desatinos, un arribe de olas al lánguido blanco de un lienzo escondido. La figura de lo que soy, está masacrada, molida y por agonía: marchita, mutilada y sosegada, vencida y resignada. La imagen de lo que quiero ser, está pintada con tanto decoro, con tanto detalle, que desentona con la crueldad y la crudeza de su compañera ya antes descrita, está imperfecta y estreñida, está molesta y reprimida, pero, también está satisfecha y relajada, sonriente y victoriosa. Y la imagen que hace referencia a lo que no soy o nunca seré, está plasmada con tanta finura, con tal emoción, que sus vecinas sólo pueden engendrar envidia y frustración al compararse con tan legendaria creación, una divinidad de astucia y sutileza, una brochada de enojo y talento, un surco de belleza y acción, de fuego y colores, de arte y fantasía.


Tres criaturas que forman un paisaje de inapetencia y contraste, tres nociones de sujeto y significado. Forjadas sobre un mantel de estrechos espacios, un tallo que sostiene tres ramas de distinto árbol, una seca, otra artificial, y otra corriente. Un campo donde germinan distintas concesiones, donde nacen y mueren tres supuestos, tres posibles y tres contrarios.


Al finalizar el apareamiento entre el pincel y el lienzo, mi presente se perturba y, la realidad de mis sentidos desaparece mientras la vida que creí poseer se desprendía de mi egoísta existencia. Mi cabello se retrae para luego desprenderse en un salto heroico, mis oídos se retuercen para segregar viscosidad y flatulencia, mi boca se cierra y mis labios son cosidos con el rústico hilo de mis vulgaridades, mis ojos se opacan y así pierden su esencia y su tarea, y en mi nariz se acumula un olor repugnante y grotesco, que sólo me hace desear ahogarme para partir sin percibir tan desagradable sensación. Mi espalda se dobla y mis extremidades se contraen, reduciéndome a una posición de olvido y desesperanza.


Mi piel se colma de colores que luego se pierden entre la suciedad de las baldosas. Mi corazón se envenena con mi indiferencia y, mi cuerpo empieza a desaparecer entre las fisuras de un piso sin palabras. En el suelo sólo quedan unas cuantas machas que dan pistas del dolor y la rabia que posiblemente no sentí al ser carcomido por mis propias acusaciones. Todo ocurre mientras las paredes vomitan “tocata y fuga” de Johann Sebastian Bach, mientras se ríen y disfrutan del espectáculo, mientras el segundero le da ocho vueltas al reloj.

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