
Y qué hacer, cuando me encuentro sosegado y perturbado, melancólico y masturbado bajo la sombría tormenta de una luz artificial; qué hacer ahora que poseo coherencia y me doy cuenta del retraso que enjaula a ésta, mi memoria. Recostado sobre un mueble inherente y cabrío, una minuciosa idea de cantina, una clandestina creación de ruinas amargadas y salpicaduras de ocio y sopladuras.
La verdad de mis palabras, está implícita en la rebeldía de las arvejas, está inscrita en los profanados e imperfectos bordes de este cajón de frutas, una compañía con olor y juicio natural. En custodia del estúpido canto de dos pobres caninos callejeros. Libres en la inmensidad de su fracaso, a la margen de un pensamiento anticuario y caprichoso, es inevitable sumarle las cíclicas y retóricas envergaduras de odio y controversia que caracterizan a las ratas en protesta.
Allí, que en realidad es aquí, se encuentran desgastadas las ironías y sarcasmos que amanecen como saliva en unos labios sencillos y fulminados; dos larvas de mosca, rojas, secas, jugando a unir sus vientres para que en resultado de su flatulencia, demarquen palabras o símbolos con entristecida pobreza y podrida ignorancia, gases ennegrecidos que se reconocen como oraciones en un monólogo de toscas y excéntricas afinidades.
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