
Desvariaba, ofreciendo mi cuerpo a cambio de unos cuantos pesos, motivado y desdichado por perturbadoras anomalías de mi masa cerebral, corrompido por el impulso más crudo y fálico de esta cabría inocencia. Injustificado cada pretexto, cada argumento, cada balbuceo… Considerando que mejores y más reales soluciones encontraría en el repaso y comprobación de una sofocante contradicción, precipitando los componentes de esta solución capaz de dividirse en soluto y solvente, contornos de materia astuta e índice de un complot para revolarme y agasajarme con fétidos palabreos de guisos personajes.
Entre la burla, el exhibicionismo, la venta y la penumbra del momento, tú apareciste, con comentarios tan castamente articulados, con racionalización y controversia, ya que accedías a mis pretensiones, pero, evocabas y planteabas alegóricas iniciativas de consuelo, me requeriste para un servicio diferente, me concebiste como instrumento de labores más importantes que sólo desdicharnos en lujuria e hipocresías. Controlaste la desaforada sed de suciedad en la que me encontré somnoliento, desgarrado, carcomido y reducido a miseria virtual (muerte moral).
Descalificaste cualquier intención de cortesía morbosa, e hiciste que me arrepintiera de suministrar servicios sexuales a otros animales de aberraciones antiestéticas. Me brindaste teoría y método para poder salir del charco, para limpiar el barro de mis zapatos, para despojarme del almizcle pecaminoso del cual estaba a punto de empañarme; acartonado y subalimentado me contorsiono en busca de gritos reverberados, en busca de ilustres aclaraciones, en busca de cualquier alivio para un dolor inexistente, en busca de algo que nadie ha inventado.
Fundiéndome en la clandestinidad de tu nombre, en las inapetentes razones de tu arcana postura, en los profundos y característicos rasgos de tu rostro que aún no he visto, así me condecoro y me sumerjo dentro de un coaligado de conducta anónima. Presto a emerger en disputas filosóficas y redondeos de dichos fascinantes, donde la balanza del error y el acierto, son una mística relatividad en nuestros diálogos tempranos.
Nos embrollamos en conferencias cíclicas, donde una y otra vez pero con un cierto maquillaje, refutamos, afirmamos, debatimos, cuestionamos, comentamos, y complementamos ideas, para poder alcanzar un mínimo de verdad en nuestra incrédula franqueza. Acorralamos a nuestros pálidos temores, y nos unimos en un mismo preferente, en un mismo recorrido, monetizado por ralladuras de escepticismo y oposición, entre la réplica de términos halagadores e insinuantes. Peticiones escondidas, para dar final a la sarcástica timidez de mis oídos, para concluir con el tradicional escrutinio ético al que diariamente me someto.
El tiempo se agota y como lo había predicho internamente, me alegraste con una petición, una súplica formal para reunir nuestras corpóreas apariencias y hermanarnos en diálogos, acompañados por el instrumento más encantador y distintivo de nuestro ser, la voz, nuestras voces, nuestros discursos, nuestro incandescente aliento, uno ansioso por probar al otro. En introspección concluye nuestra conversa, y amoblamos el último lineamiento para citar lugar y hora del encuentro.
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