Maldito y estúpido sea mi delirante reproche, esta desagradable verdad que se atraviesa en el rojo aclarecer de mis ojos. Todo esto que llevo dentro, es sólo la intrépida incapacidad de atraer a otro ser humano… Si tuviera que elegir, elegiría una duplicación de mis carnes, otro sujeto que se comidiera a clavarme el puñal, a terminar con esta agonía sádica y reformista. A veces me da risa lo iluso que puedo ser, creer que esta pobre humanidad me vale para introducirme en el interesante pensamiento de otros, soy un verdadero idiota si creyera que alguien puede estar pensando en mí, que alguien puede suspirar o sonreír por mí, que alguien puede verme como un vínculo de ternura en un amanecer, como una luz que se hace necesaria para otros, como una nota única en la melodía de una dichosa canción. En esta carta que redacto antes de mi suicidio, no pretendo que me perciban como un esquizofrénico o algo parecido, nooooooooooo, eso jamás. Sólo intento expresar las bufonadas por las cuales me atrevo a convertirme en residuo visceral. El último documento que expidan con mi nombre, será el acta de defunción, mi acta, mi último replicar en los archivos de este gobierno, en los registros de quienes hemos pasado por esta vida, y viviremos como muertos en las encuestas de los estadistas. También me pregunto dónde terminará mi cadáver, quiénes y cuántas personas se acercarán para chismosear y curiosear mi maquillaje postmortem, mi patética y ridícula palidez degenerativa, mi voraz degradación, y el pecaminoso banquete que los gusanos se comerán después de mi entierro.
Ahora el otro dilema que me aqueja, es: cómo y con qué vestiduras debo suicidarme, pues, no puedo dejar que cuando lleguen a realizar el levantamiento de mi fétido cadáver, vean postrado el sutil desmembramiento de una figura poco educada en su vestir, debo ser cuidadoso con mi apariencia, la que por cierto es bastante simple e insignificante. Y con eso reitero lo que siempre me han hecho creer, que no soy lo suficientemente bueno para otras personas, no soy ni la mínima carga de acción que ellos necesitan, nadie se conformaría conmigo, y que mucho menos podría suplir o satisfacer las necesidades de otro que aquejen a otro.
Soy un perverso, que pronto ya no será, que pronto dejará de parecer, aparentar, percibir y sentir… Soy un inequívoco suplicio de egoísmo fetiche. Soy un vómito defectuoso y castrado, un bulbo de huesos y parásitos redundantes y cacofónicos. Soy el que próximamente dejará de existir como ciudadano, para convertirse en materia biodegradable e inanimada. Estas son las facetas que poseo y que adoptaré, me apropiaré de muchos calificativos, quizá y hasta mi nombre sea protagonista de cuentos y distorsiones entre los vecinos de la cuadra, o entre quienes una vez me conocieron y fingieron tener empatía o alguna clase de seudorelación con este frígido campesino.
Debo sumar a estas líneas, las ideas que construyo para el futuro inmediato a mi desaparición, aquello que posiblemente sucederá, como la repartición de mis logros, y el bulloso debate sobre las causas o las situaciones que me condujeron a concluir con mi vida, por eso, intento entre lo más lúcido de mi cordura, relatar el por qué de mi “cobardía”. Cobardía que se compone de odios y críticas hacia lo que soy y lo que muestro, hacia lo que vivo y lo que entiendo, hacia lo que intento y lo que pierdo.
Mi perdición no es un secreto, ahora se dirá que por haberme suicidado, debo retraerme a pena y desolación eterna, a culpa y lamentación. Cuando en realidad, seré uno más que se acuesta, uno más que parte y no regresa, uno más que se aleja sin dar un paso, uno más que abona estas tierras, uno más que se despide, uno más que…
Triste, muy triste, me conmoví...
ResponderEliminar