Nuestras particularidades íntimas son la imagen desnuda del elocuente prestigio del ser como individuo pálido e insatisfecho. ¿?...un capricho necesario, trágico…Pero cómodo.




martes, 9 de noviembre de 2010

En el trasfondo de un narciso

Cómo sentirme libre en medio de una putrefacción espiritual, cómo sentirme auténtico dentro de una máscara de roles inadecuados y contrarios a mis gustos, cómo despojarme de esta carne que a diario me vincula a un rústico placer de halagos y cumplidos odiosos e hipócritas (…) Todo parece ser tan ingratamente adornado y premeditado, todo este esplendor de dichas y seudodichas no es más que un descontento limítrofe en la manufactura humana, no es más que un desatino optimista y revoltoso, no es más que un capricho sebiento y deleznable, culposo y drogadicto.



Una apariencia que los demás creen aceptable, que los demás, sí, los que están de más, creen digna de admiración al encontrar similitud en la tan evidente concupiscencia insatisfecha, en la tan elogiada pulcritud de sus rostros y, en la tan abandonada normalidad de sus deseos. La cáscara de esta pared de huesos estilizados y de estos cabellos malintencionados se va deteriorando con el paso de las críticas, pero se va fortaleciendo con las caricias de quienes hoy hacen parte del olvido. Mis altercados retóricos se suman al controversial estadio de figuras y posturas que estoy condenado a manifestar, se suman al sarcástico e ineludible volumen de ideas que deforman la naturalidad de mis conflictos. Odio parecerme tanto a lo que los demás quieren, odio querer lo que ellos quieran, odio satisfacer la beatitud de quienes no me conocen, detesto formalizar alianzas con quienes después me apuñalarán, odio carecer de inocencia, odio ignorar que soy tan especial como ellos, que soy tan particularmente intenso en mis atributos y, odio reconocer que puedo cambiar pero no lo hago por temor o simple conformismo.



En el fastidio de mi soledad, también he logrado aplacarme y empalmarme en razón de concesiones propias, en razón de ideas y pensamientos que hasta hoy serían sólo amistades de un excéntrico. La indolencia que hoy remarco y afino, es una mínima orfandad de civismo, de asalto y remordimiento social. No sólo estoy moldeado según un flujo de interacciones ajenas, sino también estoy construido para no despertar desagrado o animadversión en las miradas de lo demás, en las disentidas y curiosas miradas de a quienes siempre me he doblegado.



Negado a las paradójicas irreverencias de mis más distantes allegados, y ofuscado frente al extravagante y ridículo concierto de incoherencias intransigentes de mis sólidos desperdicios, así reverbero en llanto y contradicción, tras sentirme, tras amortiguar con mi nombre la verdad de mi real inexistencia, de mi tan detallada y renombrada fragilidad emocional. Me complazco al escucharme gritar que soy tan insignificante, tan pérfido e indeciso, tan estúpido y desmedido, pero (…) también soy apto y admisible, cooperativo y reconocido, soy parte de la lista, soy un absurdo con éxito, soy un líder entre la ligereza de esta carrera, soy agonista e ingenuo, soy maquiavélico e insensible, soy objetivo y ofensivo, soy una mierda de colores muerte, soy el horror de mis necesidades, soy el contrario de mis apetencias, soy la mancha entre la cristalina parvedad de una fuente, soy un agente biodegradable y oscuro, soy el carbón de los hospitales y la humedad de las iglesias, soy el ladrón y el destructor de mis propias ilusiones, el verdugo y sepulturero de mis glorias, de mis talentos y de mis alegrías.



La asfixia y la indignación pupulan en el supuesto falaz de mis émulos ególatras, avasallan la reducida trascendencia de roles que puedo concebir y, se convierten en el suero que cada día me inyecto al despertar. Mi discurso se ve insoslayablemente compreso por esta ideación de un disfraz aleatorio y cambiante, camaleónico para la falsedad de las noches y el acecho irracional de las mañanas. La fortaleza de mi naturalidad está en contraposición al dominante latir de las reglas impuestas por los demás, por aquéllos que hoy se consideran dueños de este muñeco articulado.



Con el discurrir de los días, con el risible pasar de los segundos, y con el petulante contoneo de las horas, me voy estresando más, me voy convirtiendo en un animal ansioso, en un manojo de raíces marchitas, en una fumigación de rabia silenciada, en un crimen sin víctima o culpable, en el cuello de un pobre perro estrangulado por su hambre, en la discreta declaración de resistencia al sistema, en la bullosa expoliación de mis intimidades.



Ya no sé qué hacer, ya no sé quién soy, no sé qué quieren, no sé qué decir cuando la incongruencia y la tontería son los únicos calificativos que se desprenden de los demás, cuando un centenar de pueblos se destruyen entre los nudos de mi garganta, cuando el ángulo de mis palabras es inflexible y desmesurado, cuando la ausencia de vida y la repetitiva abundancia de guerra se funden en un pacífico preámbulo de ambición e injusticia. El tejido de rasgos populares se estatuye cómo mi única verdad, y es así como finalmente cualquier sacrificio que yo haga sólo me alejará de la formulación insurgente a la cual quisiera dar inicio.



Pero la lógica de mis pasiones está tan bien limitada, que sería inútil creer que tras la sacralización a la cual fui expuesto, me rebelaría con tan bestialidad, que los demás no tuviesen más opción que desterrarme de la impotente realidad que ellos administran. Entre los protervos pensamientos de mi mente, encuentro una tangencial respuesta a mis debates, creo saber cómo sobreponer mis gustos sobre la esquemática y rígida posición de los demás. El suicido se convierte en la eclosión más prudente para mi caso, en la acción más radical y eficiente.

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