
Hoy, he llegado a casa de mi madre, es un buen sábado, me regocijo y aplaudo arrítmicamente, siento que casi puedo (…) Precisamente eso, sentir, percibir, concebir, fundirme en lo tangible; es el día de la madre, espero poder felicitarla, o al menos considerar escucharla, saber de ella, sólo pretendo que manifieste alegría. Estoy condicionado, restringido, limitado por la animadversión, entre la corriente del viento sin aliento y de las rasgaduras metódicas del sujeto, que litiga en el lumbral entre ideas, y retención objetivista. Ashh, me he dado cuenta, que no estás, quizá, saliste a disfrutar este día, y eso es maravilloso, considerando que sería la primera vez que te diviertes después de mi muerte.
Madre, me duele, me duele saber que te he causado tanto daño, sé que fui muy injusto, pero estructuralmente, mis acciones las justifico, con un argumento de prevención, alegorías cónicas, discusiones retóricas y magnificentes. Ahora entiendo, que lo mejor hubiese sido haber escondido mi cadáver, para que vivieras sin esa imagen repugnante de mi agonía. Perdóname Madre, perdóname, perdóname por tomar una decisión, que en algunos casos parecerá absurda, vaga, vergonzosa, indignante y deshonrosa. Recuerdo, logro rememorar ese día, de hecho, es lo único que recuerdo; en el lugar donde estoy, sólo prevalecen los últimos recuerdos. Estaba solo en casa, tú, estabas en el trabajo, cómo siempre jornada diurna, desgastando tu cuerpo, para poder sustentar mis necesidades caprichosas. Maldita sea mi pálida claridad de lo previo a mi muerte, Discutí contigo la noche anterior, te decepcioné, castré tu idea de verme realizado, rodeé y suprimí con mis actos cada esperanza que tuviste sobre mí, sé que derrumbé el horizonte, que dibujaste con tanto empeño para mí, al saber de mis desviaciones conceptuales, lloraste sobre el ya vacío e inanimado constructo de hijo que tenías frente a ti.
Al despertar, y ver que ya no estabas, que te encontrabas cumpliendo fielmente con tus obligaciones, decidí tomar un cuchillo, con aquellos que tú preparaste esas comidas deliciosas (…) Ingresé en la pulcritud de tu baño, me mire al espejo, acaricié todo mi cuerpo, lloré hasta casi desahogarme, y finalmente me paré bajo la ducha, invoqué tu nombre, recordé la grandeza de tu ser, tus cualidades, tu admirable valentía, grité que te amaba, y gritaba “perdón”, “perdón”, entre lo incontrolable del llanto paría palabras que nunca dije, por último, agaché la cabeza, dirigí la mirada al piso, canté un breve tonada, apreté fuertemente esta herramienta de cocina (cuchillo) y la clavé sin compasión en mi vientre. No sentí dolor, pero con la velocidad que ocurren los terremotos, así, en tan corto laxo, perdí el conocimiento, aunque considerando bien las cosas, hace mucho tiempo había perdido el conocimiento, no atendí cordialmente las disposiciones de mi conducta “esquizo”, en contraste con lo bello de aquél día(…) Caí desangrándome.
Llegaste al medio día, me llamabas una y otra vez, cuando entraste a tu habitación, viste la luz del baño encendida, y pensaste “este muchacho está gastando luz”; sé que tu mirada, fue totalmente proporcional al sentimiento que se despertó en ti, después de comprender la magnitud del hecho, intentaste auxiliarme, pero ya era tarde, sólo quedaba un cuerpo vacío de gloria, de contexto, sólo carne.
* * *
Amá, quiero que ya no interrumpas tu sueño, tu descansar, para levantarte todos los días a las 5 am, y tomar un cepillo, un balde, agua y jabón, para desmanchar ese piso donde mi cuerpo perdió su sangre, ¡mamá!, no lo hagas más, olvídate de ese monótono concierto de ideas y cuestionamientos, por favor, líbrate de las enmarcaciones morales y compilaciones absurdas de lo que ocurrió, porque me duele verte sufrir y más aún por culpa mía. Sólo deseo, que el saber, que yo poseía VIH no contraponga un alivio relativo en la determinación general de lo ocurrido. Soy la peor basura del mundo, un residuo nauseabundo, un ser que vive atado a las dimensiones del tiempo, pero, ya no sé qué es el tiempo, para mí no existe ahora o después.
Ya ha caído la noche, siento cómo mi garganta se contrae, no puedo dejarte un mensaje, ni lograr que me escuches, pero te amo, siempre lo hice, lamento demeritar tu esfuerzo, preferiría no haber nacido y evitar todo esto, sólo piérdeme de tu memoria, olvídame, olvida mis errores, mis triunfos, reprime mi concepto. Un adiós es suficiente, inténtalo, lógralo.
¡Te amo mamá!, perdóname, porque no te lo dije cuando aún podía.
Que buen escrito haz publicado. Esto nos pone a reflexionar, cosas por las cuales pasamos en algún momento de nuestra interesante vida... y nos enseña, que todas las acciones que vamos a realizar, hay que hacerlo ahora mismo, porque quizás mañana, será muy tarde... No desvaloremos a nuestras madres, que ellas son el único ser en el mundo, que sabe los que sentimos, sufre cuando nosotros estamos mal o en peligro y son las únicas personas que nos esperan en la puerta hasta las 2 am, para recibirnos, y para asegurarse de que llegamos sanos y salvos a nuestro dulce y cálido hogar...
ResponderEliminar