Es una noche extraña, aún más que las otras, intento oír inquietantes susurros de burla, que se injertan en cada uno de mis atemorizados parpadeos, donde celosamente intercalan dolor tras una intensa excitación de mis juicios peregrinos; y recaigo en un deleite de locas pasiones pertenecientes a un solo cosmos, en circunstancias políticas, una laguna ambiciosa de lirios muertos que notoriamente ocupará para resucitar gota a gota una silueta sombría, hambrienta de lúgubres destellos, protagonizados por inmensas llamas que espolean frío, un gélido rocío, que petrifica con una leve caricia todos los irreales e imperfectos músculos de mi desnudo y sencillo rostro, un instrumento de manipulación, que me obliga a expulsar de mis entrañas recuerdos bañados en sangre, y escondidos por una densa capa de niebla, dejando percibir ante los falsos sentidos, un aroma de angustia, de soledad, semejante a un brusco opio que de hojas marchitas, simboliza el fin de un pasado rebosante de inocencia y sonrisas abiertas, que callan los desesperados gritos de la pena que desgarraba lentamente el lomo de mi progenitora, que parece haber sido pintado por talentosos Ángeles, artistas de la vida, asestado espacio por el que de vez en cuando ella deja caer su fragante cabellera, para ocultar ese trágico lamento.
Historias que fatigan mi aliento, que por más que la voluntad de mi humano ser se oponga, acompañan mis pasos, que en ocasiones de un ahogo soberbio se declinan hacia senderos, que conducen vagamente a incógnitos abismos, empañados por la nostalgia que me encamina hasta el murmullo de mi respiración.
De antuvión, todo el contraste del fondo, o la fachada de esta “genial” escena se transmutó despintando la indolente silueta, que traducía ansiedad e impacto en su exasperante destello, y consigo me arrastró hasta un recinto abierto, que tallaba en su superficie, una piscina revestida por líquido artificial y jadeante, rodeada por macetas que guardaban el inanimado cadáver de las marchitas plantas, que de seguro alguna vez florecieron en su propia tumba, un nicho de tierra infértil y ordeñada; pero las materas no son el único adorno de este paraje, tres serpientes conquistaban una posición alrededor del imputado charco, desiguales en tamaño y postura, se proclamaban imperiosamente autoridad sobre mi presencia, de improviso, me percato que aquel paraje es iluminado por un esplendor proveniente de inconclusos focos, en las profundidades del pasivo estanque, observo detalladamente cualquier aspecto, seña o indicio que me vincule textual y literalmente con el trío de seres sin extremidades.
La oscuridad me envuelve y así mismo, me descubre conmocionado recostado en mi estruendosa cama, dejándome en condiciones de total ignorancia a la realidad, motivo y lucidez del asunto.
La metafórica inexperiencia de las pupilas establece limitaciones vertiginosas en la percepción psíquica del espectro ajeno. Y la redundancia de conceptos calificativos sólo expone la infructuosa idea de un supuesto parcial, permeable de cólera...
ResponderEliminarWaaooo, ese texto me conmovió mucho, pareciera que estuviera hablando de mi... Esto normalmente pasa, en un momento en el cual solo tenemos la compañía de la soledad, y nos ponemos a escuchar involuntariamente, la voz de nuestro interior. Aunque son muchas las cosas malas lo que nos rodean,y son pocas las cosas buenas que tenemos presente y que tendemos a olvidarlas,por el hecho de que siempre le prestamos interes a lo malo, tratamos de una manera u otra ignorar lo malo, tal vez, por el simple hecho de seguir adelante y no desfallecer ante estas dificultades, o por el hecho, de no abrir los ojos y quedarnos ciegos ante una realidad que nos acechan pero algunas veces somos débiles para enfrentarla.
ResponderEliminarMonikin...
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